En este momento estás viendo La vida en la resistencia cotidiana

La vida en la resistencia cotidiana

  • El Yarual no es un lugar de paso; es un destino para quienes quieren aprender que la vida se sostiene más en los abrazos que en los recursos. También allí, los habitantes enfrentan el agua que no llega, la luz que se va, los medicamentos que faltan

Hay comunidades que se sostienen, más que por la abundancia de recursos, por la fortaleza de sus lazos humanos. El Yarual, un lugar por donde jamás se pasa —para llegar hasta allí hay que desviarse de todo camino principal— es una de ellas.

Asentada en tierras del municipio avileño de Bolivia, esta comunidad de unos 1000 habitantes enfrenta, cada día, los desafíos que la vida impone: el agua que no llega, la corriente eléctrica que falla, los medicamentos que escasean, la lejanía de los centros urbanos…

Sin embargo, en cada obstáculo los habitantes encuentran una razón para reinventarse, para crear redes de solidaridad que convierten la adversidad en oportunidad.

Más que de carencias, la historia de la comunidad es de resistencia, de creatividad, de dignidad. Es la historia de un pueblo que, como el arroz que siembra en sus tierras, echa raíces y da frutos, incluso, cuando el agua escasea.

LOS PROBLEMAS EXIGEN SOLUCIONES

En el corazón de El Yarual, Roberto Domínguez Fuentes, presidente de la zona de defensa, conoce al dedillo cada una de las necesidades de su comunidad. “Intentamos resolver los problemas, con el concurso de las autoridades y de los pobladores”, afirma con la determinación de quien no se rinde ante las dificultades.

La zona, que agrupa 12 edificios y dos comunidades aledañas, tiene una economía basada en el cultivo del arroz y la producción de carbón. Dispone de una farmacia, un Sistema de Atención a la Familia (SAF), una tienda y una escuela primaria, un consultorio…

“El funcionamiento de estos servicios enfrenta obstáculos que requieren soluciones urgentes y creativas”, expresó Hiorvanys Espinosa Pérez, vicegobernador de la provincia, en una de las recientes visitas a la comunidad.

El agua es, quizás, el principal desafío. Aunque han llegado a ponerla hasta cinco horas seguidas, el suministro no alcanza para todos. “El otro día la pusieron cuatro horas, pero no satisfizo. A los pisos altos de los edificios no llegó”, explica Domínguez Fuentes.

La electricidad es otro frente de batalla. Sin corriente estable, las familias han aprendido a compartir. “Aquellos que tienen corriente en su casa dan la oportunidad a los que no la tienen para que carguen los celulares y mantengan las comunicaciones”, relata Domínguez. La solidaridad se convierte así en el único generador que nunca falla.

La alimentación también tiene sus desafíos. “El plátano viene de Bolivia, la cabecera; es ilógico que llegue de allá, cuando puede producirse en la propia comunidad”, señala el vicegobernador en charla animada, más que en tono de regaño, señalando una de las contradicciones que deben resolver con esfuerzo propio.

SALUD: ENTRE LA ESCASEZ Y LA CREATIVIDAD 

El sistema de salud en El Yarual, aunque necesita de mayor estabilidad, no deja de ser ejemplo de cómo la creatividad y la solidaridad pueden suplir las carencias. Dos consultorios y una farmacia atienden a una población que incluye cinco embarazadas —dos de ellas con algún riesgo—, nueve lactantes y 188 habitantes con tratamiento médico por diferentes patologías; entre ellos, 50 niños, dos con riesgos especiales.

Si bien los recursos están limitados, algunas incongruencias laten, como la no permanencia del médico en los consultorios de la familia, algo que han planteado en los diferentes niveles sin haber encontrado aún una solución definitiva.

En la farmacia, la falta de varios medicamentos es una realidad cotidiana, pero la comunidad no se rinde: busca alternativas con fármacos a base de la medicina natural y tradicional.

En El Yarual, nadie queda desatendido. La comunidad ha tejido una red de protección para sus miembros más vulnerables. Un apartamento en el primer piso de uno de los edificios ha sido habilitado para acoger a embarazadas, lactantes y niños en caso de emergencia. Y cada persona vulnerable tiene un familiar allegado o una persona encargada de atenderla.

Los números hablan de un asentamiento poblacional que cuida a los suyos: 88 adultos mayores, cuatro asistenciados, 15 acogidos al Sistema de Atención a la Familia (SAF), que reciben atención diaria, y los alimentos se elaboran correctamente, garantizando una nutrición adecuada para quienes más lo necesitan.

La planificación minuciosa es otra de las armas para enfrentar la adversidad: ¡Hasta la cantidad de carbón que se necesita para un mes en tiempo de guerra la llevan a punta de lápiz!

Yoandy Martín Moré, un joven acogido al sistema de Atención de la Famila por estar enfermo y vivir solo

En el comedor del SAF, las historias de quienes allí reciben alimento y cariño son un testimonio de la importancia de este servicio. Yoandy Martín Moré, un joven acogido al sistema por estar enfermo y vivir solo, manifiesta que todos los días recibe atención en el comedor. Califica la comida de “excelente”, una palabra que resuena con fuerza en un contexto de escasez.

Arnaldo Serapio Hernández Leyva, un chofer jubilado, llega al mediodía a “buscar mi almuerzo”. Padece de lupus eritematoso sistémico, una enfermedad autoinmune crónica con afectación multisistémica, e hipertensión arterial. “Me lo diagnosticaron en el año 1984. Aquí me atienden de maravilla”, afirma con la nostalgia de quien ha vivido en soledad gran parte de su vida.

Arnaldo, el chofer jubilado: Si he durado tanto es porque existe este SAF, donde me atienden de maravilla

Maylín Ricardo Cruz, cocinera del SAF, lo tiene claro: más que un deber, es una obligación atender a los asistenciados y brindarles el mejor de los servicios. Junto a su compañera Daimara Dieguez Pacheco.

Ambas aseguran que la buena elaboración de los alimentos es el primer paso de una atención que va más allá de la nutrición. Es atención al alma, a la soledad de muchos de la tercera edad que en su vida laboral dieron cuanto pudieron.

El Yarual es un microcosmos de lo que ocurre en muchas comunidades cubanas: carencias que encuentran en la solidaridad y la creatividad su principal antídoto.

Aquí no hay espacio para el derrotismo, aunque con esfuerzo propio debieran sembrar allí más arroz, más boniato para que no llegue el del poblado cabecera; debiera haber más organopónicos para que haya más alimentos de ciclo corto: habichuela, rábano, lechuga…, porque allí, como en toda Cuba, la resistencia no es un acto individual, sino colectivo.

LA LECCIÓN

El Yarual sigue en pie, porque tiene lo más importante: gente dispuesta a compartir lo poco que tiene, a cuidar al que está al lado, a no rendirse ante las dificultades.

Esa es la lección: que la vida, incluso en medio de la escasez, se sostiene en la red de afectos que teje una comunidad que se niega a dejar a alguien atrás.

No es menos cierto que el boniato y el arroz, allí, deberían ser frutos seguros de la tierra. El médico no debería ser una ausencia que se suple con ingenio, sino una presencia constante que calma. El agua no debería llegar a cuentagotas, sino fluir con mayor constancia.

Pero El Yarual resiste y enseña. Enseña que la solidaridad es el recurso más renovable. Que la creatividad es el mejor de los inventos. Y que, al final, lo que, realmente, salva no es el agua que no llega, ni la corriente que se va, sino la mano que se extiende para ayudar al de al lado.

Deja una respuesta