- Una nación entera se detiene hoy para honrar a los caídos en tierra venezolana, mientras las palabras de un poeta improvisado avileño da voz al dolor colectivo.
Por primera vez en muchos años, Cuba amaneció vestida de un luto que no necesitaba proclamas oficiales para instalarse en cada corazón. Desde Pinar del Río hasta Guantánamo, el país entero se detuvo este viernes para rendir homenaje a quienes partieron a Venezuela y regresaron convertidos en ausencia, en bandera a media asta, en lágrima contenida.
En Ciego de Ávila, Miguel Salazar Rodríguez —hombre de ciencia acostumbrado al lenguaje preciso de los laboratorios y a la hermeneútica de las Ciencias Sociales— encontró que solo la poesía podía contener lo que desbordaba el pecho. Sus versos improvisados circulan hoy de mano en mano, de teléfono en teléfono, como si millones de cubanos hubieran estado buscando exactamente esas palabras para nombrar lo innombrable.
«Quien dice que han muerto / lo que han tocado la gloria / del deber cumplido», escribió Salazar, y en esa negación poética late algo profundamente cubano: la incapacidad de aceptar que la muerte pueda vencer al sentido del deber, a la convicción que llevó a esos hombres y mujeres hasta tierra venezolana.
No fueron soldados que cayeron en batalla abierta. No hubo tiempo para heroísmos de manual ni para últimas palabras memorables. La violencia que los alcanzó fue súbita, traicionera, como suele ser toda agresión que se ampara en las sombras. Pero el poeta avileño la nombra sin eufemismos: «Zarpazo imperial traicionero / en la tierra irredenta / de Chávez y de Maduro».
América Latina, esa América que tantas veces ha visto teñirse su tierra con sangre de hijos ajenos que la hicieron propia, «se estremece de rabia y dolor compartido». Porque estos muertos cubanos en Venezuela no son solo de Cuba: pertenecen a esa geografía mayor del internacionalismo que ha llevado a médicos, maestros y técnicos cubanos a cincuenta países del mundo.
Las plazas del país se llenaron hoy de rostros graves, de uniformes impecables, de flores que parecían insuficientes ante la magnitud de la pérdida. En cada acto, en cada minuto de silencio, resonaban como mantra invisible los versos de Salazar: «No han muerto hermanos / se han elevado al eterno / altar de la Patria agradecida».
«Baña la sangre cubana / la noche dolorosa / que no termina», escribió el poeta. Y es cierto: este viernes de duelo nacional parece extenderse más allá de las horas, instalarse como neblina persistente en el ánimo colectivo. Porque cada caído lleva consigo no solo un nombre, sino una familia que lo espera, una comunidad que lo extraña, un proyecto inacabado que ahora deberán completar otros.
En los centros de trabajo, en las escuelas, en los policlínicos donde muchos de ellos prestaron servicios antes de partir, sus compañeros organizaron guardias de honor espontáneas. Nadie ordenó estos homenajes íntimos; brotaron como brotan las lágrimas: inevitables, necesarios, purificadores.
Miguel Salazar, subdelegado de Ciencia, Tecnología e Innovación del CITMA en Ciego de Ávila, probablemente no imaginó que sus versos improvisados —escritos seguramente en la madrugada insomne del dolor— se convertirían en el epitafio no oficial de esta tragedia. Pero así funciona la poesía verdadera: encuentra las palabras exactas cuando el lenguaje ordinario fracasa.
«Vibrantes destellos de luz / que no se apagan / ante el vil agresor de oscura sombra», dice el poema. Y quizás ahí radica el consuelo que una nación busca en medio del duelo: la certeza de que lo que representaban esos hombres y mujeres —el compromiso, la solidaridad, la vocación de servicio— no puede ser asesinado por bala alguna.
Los féretros cubiertos con la bandera de la estrella solitaria ya han llegado a la Isla. Pero quienes regresan, como bien apunta el poeta, no son los mismos que partieron. Vuelven «convertidos en héroes», elevados a esa dimensión donde ya no son solo individuos sino símbolos, donde sus biografías particulares se funden con la historia colectiva.
Ojalá y este viernes, en cada rincón de Cuba, se repita el verso final del homenaje de Salazar como si fuera una oración: han tocado «la sublime aureola del honor y el coraje defendido». Y en ese verso resuena el eco de todos los cubanos que alguna vez partieron a cumplir misiones en tierras lejanas: los que cayeron en Angola, los que resistieron epidemias en África Occidental, los que llevaron alfabetización a montañas remotas.
Mañana, cuando los panteones se cierren y las banderas vuelvan a ondear a toda asta, quedará ese «asombro de esa muerte inclaudicable» del que habla el poema. Quedará también el compromiso tácito de que no fueron en vano, de que su último acto de servicio no será olvidado.
Por hoy, Cuba entera guarda un minuto de silencio que se extiende por horas. Y en ese silencio resuenan, como campanas, los versos improvisados de un hombre de ciencia convertido en poeta por necesidad del alma.
Los caídos, al fin, han regresado a casa. Y la Patria, agradecida y doliente, les abre sus brazos eternos.
