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Lourdes Dorta Pérez: el arte de servir como razón de vida

Hay mujeres que dejan huella sin levantar la voz, que sostienen la obra cotidiana con la firmeza de quien entiende que servir también es una manera de amar.

Así podría resumirse la trayectoria de Lourdes Dorta Pérez, funcionaria del Departamento de Atención a la Población en la sede del Partido Provincial en Ciego de Ávila: una mujer de temple sereno, sensibilidad profunda y vocación inquebrantable, reconocida en el 65 aniversario por más de 30 años de labor en las filas del Partido.

Hablar de Lourdes es hablar de una vida consagrada al deber. Su historia no se escribe únicamente desde los cargos ocupados o los años acumulados de trabajo, sino desde la dimensión humana de una mujer que ha sabido conjugar, con admirable entereza, las responsabilidades de madre, esposa, hija y trabajadora, sin desligarse nunca de la esencia que la define: su compromiso con el pueblo.

Para ella, el Partido no ha sido una estación pasajera, sino el camino mayor de su existencia. Antes de llegar a esa organización política que marcaría definitivamente su destino, trabajó durante 13 años en el sector educacional. Aquel período fue también escuela de sensibilidad, entrega y formación. Sin embargo, sería en el Partido donde hallaría la misión que terminaría por entrelazarse con su propia identidad.

“Para mí el Partido ha sido la trayectoria más grande de mi vida”, afirma con la serenidad de quien no necesita exagerar para conmover. En esa frase cabe toda una biografía.

Más de tres décadas después, Lourdes sigue hablando de esa organización con la gratitud de quien reconoce en ella no solo una responsabilidad, sino también una fuente de crecimiento humano y revolucionario.

Para ella, el Partido es “el alma de la Revolución”, la guía que articula la unidad, la cohesión y el vínculo inseparable entre el pueblo y sus trabajadores.

Desde su actual responsabilidad como jefa de la Oficina de Atención a la Población del Comité Provincial del Partido, Lourdes desempeña una labor tan exigente como noble.

Su puesto la sitúa en el delicado punto donde confluyen las inquietudes de la ciudadanía y la responsabilidad institucional de escuchar, atender y dar respuesta.

Es, en esencia, una labor de puentes: entre el Buró Provincial y la gente, entre los problemas y las soluciones, entre la necesidad individual y la sensibilidad colectiva.

 

No se trata de una tarea cualquiera. Es, como ella misma reconoce, una misión “ardua, pero muy bonita, muy sensible y muy humana”. Y justamente ahí radica una de las grandezas de su historia: haber hecho del trabajo político un ejercicio cotidiano de comprensión, tacto y cercanía.

Lourdes no ha visto jamás a la población como una cifra o una obligación administrativa, sino como el rostro verdadero de la Revolución.

Pero toda historia de vida auténtica necesita mirar también las batallas silenciosas. Porque si algo distingue la trayectoria de esta mujer avileña es la capacidad de sostener, al mismo tiempo, los pilares de la vida familiar.

No ha sido fácil. Ella misma lo resume con palabras que nacen de la experiencia: “Ha sido de esfuerzo, de consagración”. Detrás de esa afirmación hay años de sacrificio, jornadas largas, renuncias personales y la voluntad constante de no descuidar nunca el hogar.

Lourdes ha sabido ser sostén y ternura. Ha cuidado la familia, ha acompañado a hijos y nietos, ha procurado que ellos también crezcan integrados a los valores y actividades de la Revolución. Su fortaleza no ha sido la rigidez, sino la constancia; no el ruido, sino la firmeza moral.

En tiempos donde tantas veces se habla del papel de la mujer desde conceptos generales, la vida de Lourdes Dorta Pérez ofrece una prueba concreta de cuánto puede edificarse desde la entrega silenciosa.

Ella representa a esa generación de cubanas que han sostenido instituciones, familias y principios con la misma pasión con que sostienen los afectos. En ella convergen la disciplina y la sensibilidad, la responsabilidad y el humanismo, la voluntad y la ternura.

El reconocimiento recibido por sus más de 30 años de servicio al Partido, en el contexto del 65 aniversario, no es solo un premio a la permanencia. Es, sobre todo, un homenaje a la lealtad. A la mujer que, pudiendo haberse jubilado hace dos años, continúa en su puesto con la misma disposición de siempre.

“Continuaré hasta que mi Partido considere que debo estar en la tarea”, dice, como quien reafirma un pacto moral con la obra a la que ha entregado lo mejor de sí. Esa decisión retrata su esencia.

Lourdes no entiende el trabajo como una obligación vencida por el tiempo, sino como un compromiso que sigue latiendo mientras existan fuerzas para servir. Y servir, en su caso, ha sido escuchar al otro, acompañar al pueblo, sostener la familia, defender principios y permanecer firme en medio de los desafíos.

La historia de Lourdes Dorta Pérez no necesita adornos excesivos porque está hecha de una materia más perdurable: la dignidad. En su andar se resume la estatura de muchas mujeres cubanas que, desde la sencillez, han hecho de la entrega una forma de grandeza. Su vida es testimonio de voluntad, de humanismo y de fidelidad a una causa que abrazó para siempre.

En ella, la funcionaria y la mujer no se contradicen: se engrandecen mutuamente. Y por eso su nombre merece ser contado no solo como ejemplo de laboriosidad, sino como símbolo de esa fuerza femenina que sabe cuidar, construir, resistir y amar sin pedir nada a cambio.

Lourdes Dorta Pérez ha hecho de su existencia una obra de servicio. Y en esa obra, discreta pero inmensa, late también una parte de la historia viva de Ciego de Ávila.

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