Hay recuerdos que no necesitan fotografías. A veces, una voz basta. En Radio Surco, la voz de Alberto Octavio Pardo Companioni todavía forma parte del paisaje sonoro de la emisora. Está en la identificación de la planta matriz, viaja por el éter y llega hasta quienes alguna vez lo escucharon.
Y entonces uno comprende que hay personas que, aun después de partir, encuentran una manera de quedarse. Pardo encontró la suya en la radio.
Allí transcurrió buena parte de su vida. Allí construyó una trayectoria que lo convirtió en una de las voces más reconocibles de la radiodifusión avileña. Allí fue locutor, maestro, compañero y, para varias generaciones, referencia profesional.
Falleció en Ciego de Ávila el 13 de enero de 2025, a los 84 años.
Pero la muerte no pudo borrar su voz. Tampoco pudo borrar la huella de aquel hombre que hizo de la sencillez una forma de grandeza.
Pardo fue un profesional de reconocida trayectoria. Participó en numerosos festivales de radio como delegado y recibió múltiples galardones. Entre ellos figuraron la Medalla Raúl Gómez García, los Sellos del Centenario, el Micrófono de la Radio y la Distinción por la Cultura Nacional.
Fue distinguido como Artista de Mérito y Maestro de Radialistas y en 2020 llegó uno de los mayores reconocimientos a toda una vida de entrega: el Premio Nacional de Radio.
Sin embargo, quienes lo conocieron suelen recordarlo por algo que no aparece en ningún diploma: su humildad.
Era un hombre culto, preparado, de enorme experiencia, pero cercano. Nunca necesitó hacer ostentación de lo que sabía. Su grandeza profesional convivía con una sencillez que todavía recuerdan quienes trabajaron a su lado.
Para Déborah Chinea González, compartir micrófonos con él fue una experiencia que marcó su carrera.
Pardo le enseñó técnica, expresión y disciplina radial. Pero también le dejó algo más difícil de aprender en una escuela: el amor y el respeto por el oficio.
Déborah estuvo cerca de él durante los últimos días de Pardo. Por eso, los recuerdos de Déborah sobre Pardo tienen la emoción de quien habla de un maestro, pero también de alguien querido.
Quizá esa sea la mejor manera de medir la huella de un radialista: no solo por lo que hizo frente al micrófono, sino por todo lo que dejó en quienes alguna vez trabajaron a su lado.
Pardo dejó mucho. Dejó conocimientos. Dejó historias. Dejó discípulos. Dejó afectos.
