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Solidaridad cubana en Venezuela: el valor de estar cuando todo se derrumba

“Es Dios metiendo las manos a través de ustedes.” Así, con palabras nacidas de un alma agradecida, lo dijo la doctora venezolana Jenifer Moncada, jefa de un área de salud donde comparte con quienes no tuvieron que ser enviados —porque, como no nos cansamos de repetir, ya estaban allí.

Hoy Venezuela, tras los dos devastadores sismos que sacudieron sus entrañas, es una mole de polvo, un ir y venir de rostros y manos que rescatan. Es la voz de una madre que se quiebra esperando una respuesta que no llega; es el llanto del niño que ya no hallará los brazos donde encontraba tibio refugio.

Anécdotas, proezas, hechos increíbles, todos impregnados de dolor, inundan las redes. La ayuda llega de distintos puntos del planeta. La tragedia venezolana ha conmovido al mundo, y no podía ser de otro modo.

Y entre todos, los nuestros. Nuestros soldados de batas blancas. Sin miedo —o mejor dicho, con mucho coraje. Como escribe el colega de Prensa Latina, Boris Luis Cabrera: “(…) salen sin hora, sin descanso, sin garantías. Se envuelven en sus batas como si fueran capas invisibles y se lanzan contra el desastre”.

Creyente o no, creo que todos rezamos por ellos, para que estén bien, para que sigan con su entrega, que no es ni mucho menos circunstancial ni producto de los terremotos que dejaron sueños, besos y sonrisas inconclusos.

“No tienen todos los recursos necesarios, no tienen descanso. Cuba no puede enviar riquezas a esta tragedia, pero hace años envió algo más difícil de sostener: hombres y mujeres capaces de quedarse cuando todo se derrumba”, escribe Boris Luis, y suscribo sus palabras sin reservas.

Caracas sufre. La Guaira se convierte en eco de lamentos, incertidumbre y búsqueda que no termina. Delcy Rodríguez, Presidenta Encargada, agradeció en X el mensaje de solidaridad y aliento transmitido por nuestro presidente Miguel Díaz-Canel.

Pero sin duda, a los que aquí estamos —con el pecho aún oprimido por nuestros 32 hermanos caídos el 3 de enero, verdaderos héroes, y por esos hombres y mujeres que siguen allí, al servicio de la vida— nos emocionan mucho más las palabras y expresiones del pueblo.

“Ahí vienen los cubanos”, dicen ellos, tan devotos, y es como si sintieran que el milagro los toca en medio de tanta muerte, con la esperanza.

Son los nuestros. ¡Sí!

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