En este momento estás viendo Sans Souci, una historia perdida

Sans Souci, una historia perdida

En 1953, Santo Trafficante, el bolitero de Tampa y, después de Meyer Lansky, el hombre más poderoso de la mafia en La Habana, intentó un cambio de imagen en el cabaret Sans Souci, que acababa de adquirir.

Cuando lo reinauguró en 1957, había remodelado el casino e instalado nuevas máquinas tragamonedas —las llamadas ladronas de un solo brazo— y construido un salón provisto de un techo de cristal para que en noches de lluvia pudiera disfrutarse tranquilamente del espectáculo ofrecido habitualmente a cielo abierto. Mil cien visitantes pudieron sentarse entonces de una vez en las áreas del cabaret, que reservaba un espacio privado para grandes apostadores que, sin límite de horario, jugaban contra sí mismos y no contra la casa, que recaudaba al final un porcentaje de la ganancia.

Auspició grandes producciones coreográficas y contrató a importantes figuras internacionales. El consumo mínimo pasó de $3.50 a $5.00, sin que fuera necesario una cantidad adicional para acceder al casino. Había una cocina de altura y su carta-menú era de las más completas entre los centros nocturnos. Los espectáculos contaban con la participación de un coro de 14 voces, algo inédito en establecimientos de ese tipo. El Nevada Cocktail Lounge regalaba agradables momentos musicales en el casino, independientemente de los del show que se brindaba fuera. Parecía Sans Souci no escatimar recursos en su empeño de írsele por encima a Tropicana. Llegó así el 31 de diciembre de 1958.

La última noche

Parecía que el último dia del año no sería distinto a los demás, pese a que el Ejército Rebelde tendía un cerco elástico en torno a la ciudad de Santiago de Cuba, y Santa Clara estaba a punto de caer en manos de la guerrilla, mientras que la dictadura de Batista ahogaba a La Habana en un mar de sangre.

Esa noche se presentaba en Sans Souci el show Sabor y souvenir de Haití, producción del coreógrafo Víctor Álvarez, con Martha Jean-Claude, Miriam Barrera, Nancy Álvarez y la pareja de baile de Ana Gloria y Ferrán, mientras que en el bar Nevada actuaba el cuarteto D’Aida.

Ya había finalizado el show cuando Meyer Lansky llegó a la instalación. Se había enterado en el hotel Plaza, mientras cenaba, de la fuga de Batista y, al igual que lo había hecho en otros casinos, recomendó a Trafficante que recogiera todo el dinero y cerrara el local. Le dijo: “Cuando este pueblo se entere de que Batista se fue, desearíamos haber desaparecido”. Trafficante sacó el dinero, pero demoró en cerrar. Poco tiempo después una multitud enardecida penetró en el cabaret.

¿Qué pasó entonces? No se sabe con exactitud. Algunos dicen que el casino y el cabaret quedaron totalmente destruidos. Otros aseguran que eso es una exageración, que la destrucción se centró en las máquinas traganíqueles. De cualquier manera, el casino y el cabaret cerraron para siempre a partir de esa noche. Sin embargo, en la página de espectáculos de la prensa habanera aparecen anunciados los espectáculos de los dos meses iniciales de 1959. Tangolandia, en enero, con Rolando Serie, Nancy Álvarez y Ana Gloria, y Sabor, en febrero, también con Nancy Álvarez. ¿Se presentaron allí esos espectáculos o se trataba de anuncios pagados de antemano y que no respondían ya a la realidad? Se dice que Trafficante nunca más volvió a poner un pie en el lugar. Los empleados de la cocina, camareros, cantineros y otros empleados del salón insistieron para que la casa se mantuviera abierta, no así los músicos. Los motivos de unos y otros son explicables. El personal de servicio trabajaba por la propina; carecía de salario. Los músicos sí lo tenían.

Tan famoso como Tropicana

La historia del cabaret Sans Souci parece haber sido tirada por el agujero de la memoria.

Por su ambiente exclusivo y refinada elegancia, Sans Souci llegó a ser tan famoso como Tropicana. César Portillo de la Luz, el célebre compositor de Tú, mi delirio y Contigo en la distancia, que trabajó como músico en el bar de ese establecimiento, dijo a este cronista que mientras Tropicana era preferido por extranjeros, Sans Souci era más de los cubanos.

Por su escenario pasó Edith Piaf, el Gorrión de Paris, que, con su voz rasgada, se metió a los espectadores en el bolsillo cuando la propia directiva del cabaret pensó, luego de haberla contratado, que no gozaría de mucha aceptación por parte de un público que, entre whiskys y caderas en ebullición, apenas tenía más pretensiones que las de pasar un rato y divertirse.

Además de la Piaf, en la temporada 1957-58, que fue la de la reinauguración del cabaret, desfilaron por su pista Denis Darcel, Ilona Massey y Cab Calloway, entre otros, y para la temporada siguiente la gerencia tenía el propósito de contratar a Marlene Dietrich, Liberace y Susan Hayward como animadores de sus noches.

Durante un tiempo Roderico Neyra, aquel mulato deformado por la lepra, de baja estatura y sonrisa pícara, que hizo famoso el seudónimo de Rodney, se encargó de las coreografías del Sans Souci, marcando con ellas una forma de hacer y concebir el espectáculo. Cuando, en marzo de 1952 Rodney pasó a Tropicana, ocuparía su lugar un artista de la talla de Alberto Alonso, que con Iroko Bamba Bamba se adjudicó el espectáculo “más grande y costoso” presentado en un cabaret habanero. Contó con 100 participantes.

Tenía el cabaret en su elenco a bailarinas del calibre de Sonia Calero y a otra que se identificaba como Cara Melo, a quien la crítica definía como la danza hecha mujer y que personificaba como pocas, se dice también, el espíritu de Sans Souci. En ella tenían puestos los ojos los productores de Broadway.

El mundo del espectáculo

Fue en el bar Nevada donde Santo Trafficante cogió delirio con Tú, mi delirio, contó a este cronista el autor de dicho bolero, César Portillo de la Luz. El compositor formaba parte de un grupo musical en el que también figuraba Frank Domínguez, que amenizaba la noche en el Nevada. Recordó Portillo en aquella entrevista que siempre que el cabecilla mafioso llegaba al bar decía a un cantinero apodado el Guajiro, quien después trabajó en El Mandarín, que pidiera al grupo que interpretara esa pieza para él. Después, en agradecimiento, les hacía llegar por la misma vía una botella de champán o un billete de 100 dólares, que los músicos se repartían a partes iguales.

El Chori no tuvo suerte en Sans Souci y no fue culpable de ello la gerencia del lugar. El famoso percusionista se presentaba en cabarets de mala muerte de la playa de Marianao, en la Quinta Avenida, frente al Coney Island, las llamadas “fritas”, cuando lo contrataron para que actuara en Sans Souci junto a Miguelito Valdés. Además de la paga, nada despreciable, el centro nocturno garantizaba al artista la ropa adecuada, una habitación en el Hotel Plaza y un auto con chofer. Pero aquel hechizo duró poco. Chori no era miembro de la Asociación de Músicos y eso lo invalidaba para actuar en lugares de esa categoría. Si no obedecía le aplicaban la llamada ley de la estaca; lo apalearían al final de las funciones. Y Chori volvió a El Niche, el cabaret de la playa donde se presentaban entonces, a sus rones baratos y a su música despreocupada.

Ya en 1957 el cabaret ofreció a Rocky Marciano, campeón mundial de boxeo en los pesos completos, que se había retirado invicto, 350 000 dólares si aceptaba enfrentarse en la propia instalación a Niño Valdés, su antiguo retador cubano. Pero Marciano no aceptó la propuesta.

El hecho podría dar pie a una sabrosa crónica. Sucedió que, durante un entrenamiento, el Niño, con intención o sin ella, propinó un derechazo al campeón del mundo que lo envió a la lona. De más está decir que hasta ahí llegó el cubano como sparring de Marciano, pero se convirtió en su retador. El campeón nunca le dio la pelea. No tardaría en morir en un accidente mientras tripulaba su propia avioneta.

Además de la puesta de Alberto Alonso ya mencionada, la crónica consigna a Sun Sun Babae, de Rodney, como otro de los grandes shows que pasaron por la pista del cabaret habanero.

En esa puesta, un grupo de bailarines negros descendía del escenario, seguido por los reflectores, y se acercaba a la mesa ocupada por una muchacha rubia que no podía apartar los ojos de los hombres semidesnudos que la rodeaban, y que la atraían y asustaban al mismo tiempo. Terminaban ellos levantándola de su asiento y llevándola al escenario, donde la joven se embriagaba con el sonido de los tambores y los cantos cada vez más fuertes, mientras que el público, hipnotizado y confundido, no sabía bien si aquello formaba parte o no del espectáculo. De pronto la rubia, enloquecida, se arrancaba el vestido y cubierta apenas por su ropa interior, mínima y provocativa, comenzaba a bailar. Sus movimientos se volvían cada vez más frenéticos y lascivos y los hombres la alzaban y pasaba ella de unos brazos a otros, hasta que en medio de una música in crescendo, salía de su trance, profería un grito de turbación y recogía apresuradamente su ropa. Todavía semidesnuda huía del escenario y atravesaba el salón para salir por una puerta trasera. A esa altura confirman los espectadores que la muchacha rubia —en realidad la bailarina norteamericana Skippy, de Nueva Jersey— no es una clienta más, sino que está incluida en la producción y, sorprendidos en su ingenuidad, ríen discretamente primero y enseguida aplauden a rabiar.

Sin preocupaciones

Sans Souci tomó su nombre del palacio que Federico II, El Grande, se hizo construir en Potsdam a partir de 1745. Rivalizaba con el Versalles, de la monarquía francesa, aunque era bastante más pequeño. Ese edificio fue para el rey de Prusia un lugar de descanso más que un centro de poder. De ahí su nombre que puede traducirse como “sin preocupaciones”.

La misma idea animó a los fundadores del Sans Souci habanero. Querían que la visita de su clientela transcurriera libre de inquietudes y desvelos en aquella villa de estilo español situada en la carretera de Arroyo Arenas, con sus espectáculos bajo las estrellas.

Abrió sus puertas al finalizar la I Guerra Mundial y el gallego Arsenio Mariño, avecindado en La Habana desde 1914, fue uno de sus propietarios originales. Allí conoció a la que sería su esposa, que, con el tiempo, de pareja con su hermana melliza, formaría el dúo de Las Hermanas Farry. De esa unión nació la excelente actriz, cantante y bailarina cubana Yolanda Farr, quien interpreta un pequeño y fugaz papel en Memorias del subdesarrollo: es, en ese filme, la esposa de Sergio, el protagonista. Se supone que Mariño vendió su parte a comienzos de los años 30 y se fue a Sudamérica con las Farry.

Noche vieja, noche amarga

El 31 de diciembre de 1933, el coronel Fulgencio Batista quiso despedir el año en Sans Souci. Lo acompañaban Elisa Godínez, su esposa, Sergio Carbó, el periodista más popular de la Cuba de entonces, y su esposa Clara Yáñiz, así como ayudantes y cuida-cuidas. Ocuparon las parejas una mesa y otra, a prudente distancia, los ayudantes, mientras que los guardaespaldas, discretos, pero a la expectativa, se diseminaban por el salón.

De pronto ocurrió lo inconcebible. El gran mundo habanero presente, no ocultó su desagrado tan pronto constató la presencia de Batista. Algunos abandonaron el lugar, airados. Otros y otras más atrevidos increpaban cara a cara al militar, aludiendo a su humilde cuna, su ascendencia campesina y el color de su piel. A gritos le llamaban guajiro y negro de mierda.

Batista no daba crédito a lo que sucedía. Cenizo por la humillación, trató de ocultarse detrás de Carbó, que también se había puesto de pie. Era el jefe del Ejército, el hombre más poderoso del momento y no concebía tamaña afrenta. Los guardaespaldas, sin perder la ecuanimidad, se pusieron en guardia, y su hombre de confianza, un sargento que casualmente era también de apellido Batista, se llevó la mano a la pistola. Clara Yáñiz, que era de armas tomar, asumió la defensa del ofendido. Mentó madres y como conocía bien a no pocos de los presentes, les endilgó, aludiéndolos por su nombre, los calificativos más sonoros y degradantes.

Acudió presurosa la administración del cabaret y se deshizo en explicaciones para asegurar que todo el consumo iría a cuenta de la casa —que usted disculpe, coronel Batista—, pero el militar no permanecería allí ni un minuto más. Tampoco celebraría ya el fin de año. En Sans Souci le habían aguado la noche vieja.

Deja una respuesta