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Loma de Cunagua: donde la llanura se levanta

Quien viaja desde Morón hacia Bolivia, por el Circuito Norte —ese tramo que aún conserva el verdor— descubre de pronto que el paisaje no siempre es horizontal.

A unos kilómetros de la ciudad, justo donde la llanura parece rendirse, la tierra se levanta. No con estridencia, sino con una soberbia antigua, de piedra y sal, de palmas y silencios habitados.

Es la Loma de Cunagua. O, como la nombran los mapas oficiales: la Sierra de San Judas de la Cunagua.

No es una colina cualquiera. Es un domo salino, una burbuja de geología detenida en el tiempo, de forma ovalada. Nació hace 30 millones de años, cuando el mar entraba y salía de estas tierras como un pulso lento, depositando sales que luego cristalizaron bajo el sol de un mundo más cálido.

Se alza 338 metros sobre la llanura y abarca 24 kilómetros cuadrados. Sus rocas guardan el sabor de un océano desaparecido y sus suelos, erosionados en la pendiente, son ferralíticos, pardos rojizos, carbonatados: cuna perfecta para la biodiversidad.

Antes se le llamó simplemente refugio de fauna; ahora, es un Refugio de Vida Silvestre —categoría de área protegida reconocida en la legislación ambiental vigente—, porque cada hoja, cada ala, cada raíz tiene derecho a seguir siendo parte de este enclave único.

Allí, en la ladera, crecen la palma real y la jocuma, el ocuje y el jiquí. En los rincones húmedos, helechos, enredaderas, orquídeas y el curujey, esa barba de los árboles que solo cuelga donde el aire es limpio. Arriba, en las copas, la fauna se ha vuelto única. El endemismo no es una rareza, es la regla.

Cotorras y cateyes llenan el palmar conocido como El Tres de Galán, quizás el más grande del centro de Cuba.
Allí vuelan también el tocororo —ave nacional—, el sijú cotunto, el carpintero verde, la cartacuba, el zunzún.

Y las palomas: cinco especies distintas conviviendo en apenas 24 kilómetros cuadrados. Una de ellas, la paloma perdiz, es endémica y está en peligro. En la Loma de Cunagua, todavía resiste.

En el suelo, entre piedras calizas y pequeñas cavernas, se deslizan lagartos y majás. Estos últimos, sobre todo, frecuentan esas grietas profundas donde la tierra guarda su propia oscuridad.

Pero tanta vida también enfrenta su prueba más dura. Entre enero y mayo, cuando la sequía aprieta y el sol vuelve cada hora una sentencia, el fuego acecha.

Es entonces, los guardabosques, trabajadores de la Empresa de Flora y Fauna, vecinos de las comunidades cercanas y campesinos de las fincas aledañas forman una alianza silenciosa contra las llamas. Porque este bosque —el más denso y extenso de toda la provincia— no puede arder.

   Quien sube hasta la cima por senderos que llevan nombres de pájaros —El Palmar de Las Cotorras, Los Tocororos— llega al final a un mirador natural. Desde allí, la vista se precipita y abraza todo el Gran Humedal del Norte de Ciego de Ávila. Surge ante la mirada una inmensidad azul y verde. El paisaje enamora desde cualquier ángulo.

En la Loma de Cunagua, donde la llanura se quiebra, el viajero no encuentra una montaña, sino un testimonio de piedra y sal, un refugio donde la vida —contra el fuego y el tiempo— sigue honrándose a sí misma.

Hoy, 12 de abril, Día de las Áreas Protegidas en Cuba, la isla entera podría mirar hacia esta sierra. No para medirla, sino para agradecerle. Porque Cunagua no es solo un domo salino en el mapa: Es un verso que la geografía le susurra a la llanura. Protegerla es aprender a escuchar.


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