Fidel y Leal, valga la redundancia

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Existen fechas tremendas, y el 11 de septiembre es una de ellas. Este día es uno de esos que han quedado marcados en la historia por la ocurrencia de sucesos estremecedores. Considero que entre esos hechos está el nacimiento de Eusebio Leal Spengler, Doctor en Ciencias Históricas y Maestro en Ciencias Arqueológicas, Historiador de la Ciudad de La Habana y Director del Programa de Restauración del Patrimonio de la Humanidad en Cuba. Si a estas coincidencias agregamos que Fidel Castro y Eusebio Leal nacieran en el mismo país y se encontraran, ya eso merece estudios superiores de las ciencias ocultas.

¿Cómo y cuándo se tropezaron esos dos seres excepcionales?
El propio Eusebio lo contó: “cuando comenzaba la restauración del Palacio de los Capitanes Generales, en una ocasión, Fidel fue al Centro Histórico habanero, específicamente al Palacio de los Capitanes Generales, acompañando al alcalde de la ciudad chilena de Iquique, y preguntó por Leal Spengler, pero no me halló por encontrarme en la Unión Soviética formando parte de una delegación cubana”

Eusebio refiere: “Fidel conocía de mí porque ya Celia le había hablado de mí, y en una segunda vuelta en que él viene de visita al Centro Histórico, nos conocimos y a partir de ese momento comenzó una aventura muy grande de espíritu para mí. De más está decir que solamente por él entro yo en lo que un amigo llamaba el torrente, la marea de la Revolución”.

“Cuando era un adolescente y era la lucha en la Sierra Maestra, yo dibujaba mucho entonces, realicé un cuaderno entero con todo lo que yo imaginaba que había sido el desembarco del Granma y la lucha de la insurgencia en la Sierra Maestra, contaba Leal. A partir de ese momento, y después, comenzó el conocimiento. Triunfó la Revolución, abrió todas las puertas y ventanas a una generación y a varias generaciones, y seguir las palabras de Fidel, que eran compartidas por todo un pueblo, fue para mí más que una sensación y una vivencia: fue un magisterio. Tenía entonces muy pocas letras y muy poco desarrollo intelectual y mucha avidez de conocimiento, y esa apertura de la Revolución significó todo eso. No podía imaginarme que años después comenzaba la obra de restauración del Palacio de los Capitanes Generales y tendría la oportunidad de conocerlo”

Sobre Fidel Leal habló en muchísimas oportunidades:

“En una ocasión me llevó consigo al sur de América y al regreso, sobre la ciudad colombiana de Cartagena de Indias, sobrevolándola, después de haber pasado allí momentos muy íntimos, me preguntó qué podíamos hacer por la Habana Vieja. Él personalmente pidió nuestras ideas; las llevamos, que eran fruto de la experiencia, y él, como abogado, comenzó a transformar todo aquello en el Decreto-Ley No. 143 de octubre de 1994 que cambió la historia y fue para mí el documento jurídico más avanzado en cuanto a la protección del patrimonio cultural que jamás se hizo”

“Él subordinó toda una maquinaria en el momento en que comenzaba el turismo, comenzaba todo ese movimiento, en el instante en que comenzaba también el período especial, puso todo eso que está contenido en el documento al servicio de la obra, y no escatimó para ella todo tipo de atenciones. Luego me consultaba periódicamente, sobre todo preocupado porque a la restauración se uniera, de manera equitativa, la obra social”.

“Él puede hablar horas, sin embargo, es capaz de hacer un discurso espectacular como en Río —de Janeiro—, o, por ejemplo, recuerdo uno en Estocolmo, Suecia; en un discurso de una cuartilla es capaz de decirlo todo”

“El más agudo, el más intenso intérprete de la realidad de su tiempo, el más profundo conocedor de los cubanos”. Fidel rechazó todo dogma, reinterpretó continuamente la realidad y creyó sinceramente en las capacidades del hombre, en la vocación redentora de todo revolucionario. No le gustaban el engaño y la simulación. Con él “había que estar dispuesto a la verdad”.

“Fidel era un hombre de la cultura, era un pensador que se prepara, estudia y nunca cree suficiente el conocimiento adquirido”.

“Cuando conocí de él a partir de los testimonios de su propia vida – asegura Leal – supe que, por ejemplo, en los estudios universitarios era capaz de llevar muchas asignaturas al mismo tiempo, estudiar y a la vez, como está consignado en su expediente académico demostrar la enorme lucidez y capacidad para emplearse a fondo en muy diversas materias”

“Ha sido un lector incansable, ha leído de todo lo necesario para el conocimiento de la historia de la humanidad, de la cultura, la literatura, el arte. Ahí entran muchas apreciaciones cruzadas en mi memoria, de intelectuales que conocí que lo conocieron; de amigos y compañeros de lucha que compartieron con él momentos muy trascendentes y una de las cosas que a todos más nos impresionó fue su capacidad de adquirir conocimientos y proyectarlos en sus relaciones y en su discurso político”

“Una convicción le acompañó desde los primeros años de su vida: su destino estaba ligado indisolublemente a una causa de justicia social por la cual sacrificaría fortuna, tiempo, momentos para los amigos… todo cuanto fue necesario dejar a un lado para llevar adelante lo que él consideró justo, conveniente y necesario para Cuba”.

Innumerables encuentros se produjeron entre ellos. Quien tuvo la oportunidad de verlos uno frente a otro sabe que sus conversaciones eran una lidia entre dos oradores inmensos, era una clase magistral que dejaba boquiabierto a cualquiera, muy difícil para el periodista que no tenía a mano una grabadora, pues copiarles o retener tanta sapiencia era una misión imposible.

En lo que a mí respecta, lo recuerdo con nitidez como si lo estuviera viendo. La primera entrevista que le hice a principio de los años 80, cuando no era tan conocido, la titulé: Un habanero Leal. Desde entonces no hubo tumulto en el que estuviéramos (y fueron muchos), lugares de encuentros, conferencias, recepciones, donde no tuviera la gentileza de un saludo afectuoso, amable. No es preciso hablar de su memoria inmensa, se acordaba de todo.

Lo entrevisté muchas veces para la Revista Bohemia, hasta que una vez me dijo: «Pero Susana, cada vez que hablas de La Habana yo no puedo estar ahí», y siempre cedía. Verlo disgustado me daba miedo. En una ocasión se molestó conmigo llegamos media hora tarde a una cita para grabar un programa de TV «Encuentros y Tradiciones» para el Canal Educativo y, cuando le vi el rostro me aterré. Cuando me vio acercarme, a la distancia de más menos 100 metros me dijo: «Mira, yo no puedo perder mi tiempo así, lo hacemos otro día». Le supliqué, y me dijo: «Yo sé cómo es la Televisión, que si la cámara, que si el chofer, que si no hay medios de transporte, eso me lo sé, no me lo repitas”, estaba muy molesto. Pero al final cedió e hicimos el trabajo. Así era.

Anécdotas entre Fide y Leal existen muchísimas, pero algo muy especial llamó poderosamente mi atención: Fidel lo escuchaba como un alumno a su mejor maestro, y Leal hacía lo mismo. Otro detalle era que Leal al referirse a Fidel lo llamaba “Él”, y todo el mundo lo entendía.

Y para seguir especulando con las cábalas, sus nombres salidos de dos familias diferentes de lugares distantes de la isla de Cuba, significan lo que fueron, perdón, lo que son: fidelidad y lealtad, dos atributos que volcaron en su patria y en la humanidad, sin lugar a dudas.

Segura estoy que Fidel Castro y Eusebio Leal eran de espiritualidad gemela. No sé si por la formación religiosa en sus primeros años o por un don que les vino desde la cuna, lo cierto es que de mirarse se comprendían.

Leal habló de Fidel mucho, pero esta reflexión en lapidaria:

“Primero quiero decir que su fama y su nombre están unidos a cualquier persona en cualquier lugar del mundo que haya recibido la mano generosa de Cuba. Fidel vivirá porque sobrevivió a todos los peligros y triunfó, y si Cuba existe, es porque su nombre no se puede disociar del pueblo del cual surgió”

Odio las comparaciones, pero en este caso considero que tampoco se podrá hablar de La Habana sin tener en cuenta el nombre de Eusebio Leal Spengler, estoy convencida de que las almas de los que van a otra dimensión, se encuentran, y desde donde estén, Fidel y Leal seguirán en la eternidad revalidando el significado de sus nombres, y prodigando sus legados.

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