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El último adiós a Dianelys Morgado

A veces la vida se detiene en seco. No hay frenos, no hay aviso. Solo un mensaje, una llamada, y el mundo, de repente, se vuelve de cristal fino. Así me enteré de la partida de Dianelys Morgado. Joven. Demasiado joven para que el adiós tenga sentido.

La nostalgia no llegó como una ola, sino como una marea silenciosa que sube por los tobillos, las rodillas y el pecho. Trajo esa sensación extraña de que el tiempo se ha vuelto tramposo, de que nos ha robado los días que aún debíamos compartir. Y trajo esa certeza cruel de que su reloj se paró mientras el nuestro sigue andando y nosotros, los que nos quedamos, no sabemos muy bien hacia dónde correr.

Recuerdo su risa. Esa risa que no necesitaba permiso para llenar una habitación. Tenía la calidez de las tardes en que el sol se colaba por las persianas y bailaba en el polvo.

Dianelys era de esas personas que hacen que el mundo parezca menos pesado, que transforman lo cotidiano en anécdota y lo gris en color sin apenas esforzarse. Tenía esa luz especial que solo tienen los que saben que la vida se vive en presente, sin aplazamientos.

La juventud de Dianelys no se ha ido del todo; se ha quedado atrapada en el instante perfecto de los recuerdos. La nostalgia, al fin y al cabo, no es más que el amor que sobrevive.

Hoy, mientras el sol se pone, pienso en ella. No en la ausencia, sino en la presencia que dejó, en cómo su energía, tan vibrante, nos empuja a seguir adelante, a vivir con más ganas, a reír por ella.

Porque los jóvenes como Dianelys no mueren del todo; se convierten en la brisa que nos despeina, en la memoria que nos sonríe desde el corazón, en ese impulso repentino de llamar a un amigo y decirle «te quiero».

Descansa en paz, amiga. Tu nombre es ahora un suspiro de nostalgia, pero también una lección de amor eterno. Y aunque la vida se empeñe en arrancarnos pedazos, lo que tú sembraste en nosotros, Dianelys, nadie, ni siquiera la muerte, podrá arrebatárnoslo jamás.

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