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El salario que no alcanza

Hay una pregunta que cada vez más trabajadores cubanos se hacen al llegar a fin de mes: ¿por qué, si sigo cobrando mi salario, cada vez puedo comprar menos con él?

La respuesta no está únicamente en que los precios hayan subido. Está también en el valor de la moneda en la que se paga el trabajo.

En la economía cotidiana cubana, numerosos precios se forman o reajustan tomando como referencia, de manera directa o indirecta, el valor del dólar en el mercado informal. Puede tratarse de alimentos, productos de aseo, piezas de repuesto, servicios o mercancías que dependen de insumos importados. Cuando el dólar sube, esa variación termina llegando, de una forma u otra, al bolsillo del consumidor.

El problema es que el salario no se comporta de la misma manera.

Al trabajador se le paga en pesos cubanos. Y cuando el peso pierde valor frente al dólar, su salario puede conservar exactamente la misma cifra sobre el papel, pero vale menos en la práctica.

Un salario de 5 000, 10 000 o 20 000 pesos puede parecer mayor que hace algunos años. Pero la pregunta verdaderamente importante no es cuánto dinero recibe una persona, sino cuánto puede comprar con ese dinero.

Ahí está la diferencia entre salario nominal y salario real.

Si el sueldo aumenta, pero los alimentos, el transporte, el aseo y los demás gastos esenciales suben todavía más, el trabajador no se ha enriquecido. Ha ocurrido exactamente lo contrario: ha perdido poder adquisitivo.

Y aquí aparece una de las contradicciones más difíciles de explicar y, al mismo tiempo, más fáciles de comprobar.

El trabajador entrega ocho horas de su día, cumple con sus responsabilidades y recibe un salario en pesos cubanos. Después sale al mercado y encuentra que muchos de los precios que debe enfrentar responden a una realidad cambiaria distinta de la que rige su nómina.

Es como si existieran dos relojes económicos funcionando al mismo tiempo: uno marca el valor del trabajo y otro, el costo de vivir.

El primero avanza lentamente. El segundo corre.

No se puede pedir indefinidamente mayor productividad, eficiencia y compromiso laboral sin preguntarse si la remuneración conserva una relación razonable con el costo de la vida.

Porque el problema no se resuelve simplemente aumentando los salarios en el papel. Si se incrementan los ingresos nominales sin corregir las causas que alimentan la inflación y la pérdida de valor del peso, una parte importante de ese aumento puede terminar trasladándose nuevamente a los precios.

Por eso, hablar de salarios exige hablar también de producción, productividad, oferta, mercado cambiario, inflación y capacidad real de compra.

El trabajador no vive de cifras nominales. Vive de alimentos, transporte, medicamentos, vivienda, electricidad y otros bienes y servicios que debe pagar cada día.

De poco sirve decir que el salario aumentó si, cuando una persona llega al mercado, descubre que con ese aumento puede comprar menos que antes.

Y aquí hay una cuestión de fondo que no debería perderse en medio de las estadísticas: una economía necesita que trabajar sea económicamente racional.

Si una persona percibe que su salario pierde valor de manera constante mientras los precios siguen una referencia cambiaria que no controla, se debilita uno de los principales incentivos de cualquier sociedad: la relación entre esfuerzo y recompensa.

No se trata de desconocer las complejas circunstancias económicas que atraviesa Cuba ni de reducir todos sus problemas al comportamiento del dólar. Se trata de reconocer una realidad concreta: mientras una parte de los precios se adapta con rapidez a la depreciación del peso, los ingresos de quienes viven de un salario no siempre pueden hacerlo.

Y cuando esa brecha se hace demasiado grande, no solo pierde valor el dinero. También empieza a perder valor el esfuerzo.

Ese debería ser uno de los debates económicos más urgentes: no cuánto gana nominalmente un trabajador, sino qué puede comprar realmente con el fruto de su trabajo.

Porque, al final del día, el salario no se mide por la cantidad de billetes que recibe una persona; se mide por lo que esos billetes le permiten llevar a su casa.

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