El abandono y la esperanza frente al beisbol cubano

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Foto: Yunier Javier Sifonte

«Quienes estén indecisos sobre qué opción votar, yo les diría que lo hagan por el sí, porque hoy fue mi familia, pero mañana puede ser la de cualquiera…»

La historia de Ariday y su hijo Cristopher es de esas que pocos creen hasta que la realidad les golpea en el rostro. Ella tiene 33 años de edad; él apenas 12. Viven en las afueras de la ciudad de Santa Clara, en una casa que poco a poco toma forma gracias a incontables sudores y al sacrificio de años de privaciones.

En la cocina solo tienen dos vasos para el agua, en la sala dos sillones y un televisor fijado a la pared, algunas flores y una pequeña mesita de centro.

Sin embargo, el sitio más importante está en una de las esquinas del cuarto del niño. Allí, sobre un camión de juguete, hay dos guantes de beisbol y unos tacos. Colgadas de la pared sobresalen varias gorras naranjas con las siglas del equipo de Villa Clara. Cristopher es pelotero.

Cuando en abril de este año su equipo ganó el torneo nacional de las Pequeñas Ligas del Beisbol y de paso se clasificó al torneo del Caribe, hasta esa pared llegó otra de las medallas para su colección, pero también inició el camino de una historia triste.

Receptor titular de la novena y puntal a la ofensiva, su presencia en el evento pactado para República Dominicana significaba un impulso importante para las aspiraciones del conjunto. Sin embargo, Cristopher nunca pudo calzar los arreos.

«Desde que ganaron el torneo nacional se hablaba de ir a la competencia en República Dominicana. Como el niño es menor de edad necesita de la aprobación de ambos padres para obtener los documentos migratorios y viajar, pero el papá de Cristopher nos abandonó cuando él tenía tres meses, hace seis años vive en España y casi no se comunica con él», cuenta su madre.

Frente a un panorama así, Ariday decidió contactarlo para explicarle la situación. Cuando logró hacerlo le explicó la necesidad del permiso y quedaron en que lo enviaría, pero nunca más se habló del tema.

«Cuando iniciaron los trámites crecieron los problemas para nosotros. Él dijo que no podía tramitar la documentación allá, porque sería muy costoso y hasta de favor tuve que pedirle pensar en el niño, en su futuro. De nuevo me dijo que sí, pero otra vez los días seguían pasando y no llegaba nada», recuerda.

La tercera vez que hablaron Ariday le dijo que tenía una cita en un bufete cercano. Entonces buscó en internet y encontró el lugar en España, llamó y ella misma explicó la situación. Afortunadamente comprendieron y quedó acordado que en solo tres días el padre del niño podría recoger los documentos. Luego de varias llamadas incluso de los entrenadores del equipo, la batalla parecía ganada.

«Pero nada de eso fue así -lamenta ella—. Pasó la mitad de un mes hasta que él envió los papeles. Tuve que ir hasta Matanzas a recogerlos, pero cuando los entregué nos dimos cuenta que no los había legalizado en el consulado cubano en España. Por tanto, no servían para nada aquí», dice.

Gracias a las gestiones de funcionarios del Inder, los documentos regresaron a España para su validación. Mientras tanto, el equipo continuaba la preparación y el niño comenzaba a sentir el estrés de aquellas semanas.

«Fueron días muy malos para nosotros —dice Cristopher—, con mucha tensión en la casa. Cuando supe que tal vez no podría ir y representar a Cuba me entraron los nervios y dejé de entrenar al cien por ciento. Mi papá nunca me llamó ni habló conmigo, pero él debía ayudarme en esto», cuenta. Y cuando Cristopher termina de hablar, tiene los ojos rojos y prefiere bajar la mirada.

Apenas quedaban días para el viaje, el equipo esperaba por su receptor titular y uno de sus pilares al bate. Sin embargo, para Ariday el futuro lucía más turbio.

«Cuando los funcionarios cubanos contactaron al padre de Cristopher, él le respondió con muchísimas groserías. Incluso les dijo que no iba a hacer más nada, que aquello era mucho dinero y que hicieran con el niño lo que quisieran. La situación no daba más y entonces es cuando Cristopher tiene la lesión en la pierna», explica.

«Primero pensé que era un dolor normal de los entrenamientos, pero al día siguiente no mejoraba y lo llevamos al médico. Allá lo hicieron muchísimas pruebas, porque todos querían tenerlo en el equipo, pero en definitiva confirmaron una fractura. El médico nos explicó que ese tipo de lesiones es muy infrecuente y que surgen por un golpe muy fuerte o por un estrés muy grande. Cuando le contamos la situación, enseguida entendió que era por lo segundo», explica.

Aquello fue el punto final de los sueños de Cristopher. Para su madre tampoco fue fácil y aun hoy uno le puede ver lágrimas en los ojos cuando recuerda tantos días malos.

«Mi niño dio golpes en las paredes, lloró, y eso es muy triste, muy duro, porque fue el sacrificio de cuatro años y al final no pudo hacer equipo, representar a Cuba por una ley que no funciona para mí», reconoce.

«Si yo lo he criado sola desde los tres meses de nacido, junto a su padrastro que lo tiene desde que tenía año y medio, por qué no puedo decidir sola lo mejor para él, hacerme completamente responsable de su futuro», se pregunta Ariday.

Quizás por eso ella espera con ansias ir a votar el próximo domingo. Los cambios que trae el nuevo Código de Las Familias Cubanas en cuanto a la responsabilidad parental, por ejemplo, representan para ella la opción de evitar los mismos problemas en el futuro.

Ella lo tiene claro y justo por eso habla con tanta seguridad del porvenir. Mientras lo cuenta, Cristopher entrena con su padrastro en una de las calles de su barrio. Aun no está recuperado del todo de su lesión, pero ya luce la misma estirpe de pelotero y la misma fuerza que le hicieron ganarse el apodo de “el toro” entre sus compañeros de equipo.

Desde la otra acera su padrastro le lanza pelotas y lo guía en los ejercicios. Él le dice “papá”, aunque sabe que biológicamente no lo es. Junto a ellos, Ariday no pierde la oportunidad de hablar en voz alta.

«Quienes estén indecisos sobre qué opción votar, yo les diría que lo hagan por el sí, porque hoy fue mi familia, pero mañana puede ser la de cualquiera. A mí y a mi hijo el código nos va a beneficiar mucho», resalta.

Cuando termina el entrenamiento, los tres regresan juntos a su casa a medio hacer, estrecha y calurosa de amor.

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