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Cuando nos vestimos de valientes

«A la una de la madrugada me encontraba en un lugar desconocido para mí en la Sierra del Rosario. Después que nos emplazamos temprano pasaron dos aviones norteamericanos a los que no se les tiró. A las 3:20 de la tarde volaron por encima de nosotros dos aviones a los que nuestra batería abrió fuego haciéndolos huir a gran velocidad».

Así escribió en su diario el 27 de octubre de 1962 el entonces adolescente Omar Gómez Barquín. Cuba vivía los difíciles momentos conocidos luego como la Crisis de Octubre, y entre sus protagonistas estaban los muchachos de la Escuela Tecnológica Frank País, que habían recibido la misión de defender la Patria a cualquier precio.

«Habíamos llegado de la Campaña de Alfabetización, y en la Plaza, el 22 de diciembre de 1961, cuando se declaró a Cuba libre de analfabetismo, le preguntamos a Fidel: “Dinos qué otra cosa debemos hacer”. Y él nos contestó: “Estudiar, estudiar, estudiar”.

«Y así fue. El país preparó un plan de 100 000 becas para los brigadistas y otros jóvenes que quisieran incorporarse. Yo fui ubicado en la Escuela Tecnológica Frank País, de Ceiba del Agua, entonces provincia de La Habana».

Refiere que antes del triunfo de la Revolución ese era el Instituto Cívico Militar, al cual acudían los hijos de militares de alta graduación. «Una cosa muy curiosa es que mi mamá había hecho gestiones para que mi hermano y yo ingresáramos allí, pero no fue posible. Éramos una familia pobre, sin influencias. Qué sorpresa recibimos cuando nos tocó la beca en ese centro», afirma con una sonrisa.

«El 9 de enero de 1962 llegamos a la escuela, donde se combinaba la enseñanza técnica con la preparación militar. La matrícula era de unos 500 estudiantes, pero todos no teníamos la misma preparación, por lo cual fue necesario hacer un curso de nivelación. Las clases comenzaron el 30 de marzo.

«La preparación militar sí empezó desde los primeros días. Llegaron los cañones, las “katiushas”, los morteros, y también los artilleros que habían peleado en Girón y de otras unidades, quienes nos dieron el entrenamiento. En todo momento hubo una disciplina militar, y nosotros no estábamos acostumbrados a eso. Fue difícil.

«Había diversas especialidades técnicas: carpintería, fundición, electricidad… Yo cogí mecánica automotriz. Además hacíamos deportes y actividades culturales. En lo militar yo estaba en la artillería antiaérea.

«Hicimos dos prácticas de tiro en la base Granma, en marzo y junio. Le tiramos a globos, paracaídas… Era la primera vez que escuchábamos el ruido de los cañones, que es muy impresionante. Pero luego llegó la verdad», rememoró.

Niños artilleros

El 22 de octubre se puso en alerta de combate todo el país. La noticia era que el Gobierno de Estados Unidos había conocido del emplazamiento en Cuba de cohetes soviéticos, y el presidente John F. Kennedy había hecho una declaración hostil.

Según narra Gómez Barquín, quienes habían recibido una preparación militar inmediatamente fueron movilizados. «Fuimos a la Fortaleza de La Cabaña, en La Habana, a recoger armas. Estuvimos algunas horas en una zona aledaña al túnel de la bahía y más tarde seguimos camino hasta Santa Cruz de los Pinos, en la Sierra del Rosario, Pinar del Río. Allí había una base de cohetes soviéticos y la misión era protegerla.

Omar Gómez Barquín. Foto:Roberto Suárez

«Llegamos el 27, en horas de la madrugada. Ya estaban los vuelos rasantes de los aviones yanquis y el bloqueo naval completo. Emplazamos las piezas y se nos dio la orden de disparar si hacía falta. Ese mismo día en Banes, Holguín, tropas cubanas derribaron un avión espía U-2», subrayó.

Recuerda que en cada pieza antiaérea se ubicaban seis compañeros. «Mi puesto era el de tirador. Vinieron dos aviones, F-111 o F-106 —no sé cuál era porque todo el mundo dice un F distinto—. Uno pasó tan bajito que podía verse hasta el piloto. A pesar de que teníamos todos los instrumentos, como venía en vuelo rasante solo dio tiempo a decir: “avión a la vista”. El telemetrista no pudo ni calcular la distancia. Nosotros ya estábamos en posición 1 y descargamos los proyectiles contra la nave.

«Escuchamos un ruido enorme, pensamos que habíamos tumbado el avión, pero eso no quedó nunca claro. Dicen que uno  no regresó a su base. Ese fue el único día que les disparamos», afirmó.

—No es lo mismo la práctica que la vida real…

—Nosotros no teníamos ningún miedo, éramos muy jóvenes. Pero realmente tampoco teníamos mucha conciencia de lo que estábamos haciendo. Si te digo otra cosa no es cierto. A esa edad, era una aventura.

Sin tiempo para trincheras

«Yo tengo una historia pequeñita —refiere Rafael del Toro Oro—. A mí me tocó estar con las bazucas. Estábamos haciendo las trincheras en un montecito cuando dieron la alarma aérea. No quedaba otra que tirarse al suelo. Yo vi el avión que venía, hizo una picada como si fuera a atacarnos, y un ruido enorme. Fue muy impresionante, aunque en realidad ninguno bombardeó.

Rafael del Toro Oro. Foto:Roberto Suárez

«Todavía hoy pienso en aquel momento y se me ponen los pelos de punta. Me dije: hasta aquí llegué. Era el 26 de octubre y yo cumplía 15 años ese día. El tiempo en que te hago el cuento es muy largo: aquello duró solo un momento…, pero me impactó para toda la vida».

Del Toro Oro asegura que vivió aquellos días con mucho entusiasmo. Fue en camiones a recoger las piezas y luego trabajó en el emplazamiento: «Nada de eso me tocaba; yo lo hacía porque me sentía motivado. Me había preparado como explorador, que es quien hace los cálculos para ir ajustando el tiro de la bazuca. Es matemática pura, por eso los estudiantes éramos muy buenos para esa tarea», precisó.

Rafael se hizo electricista y Omar, mecánico automotriz. Terminaron sus estudios en 1964 en la única graduación de ese centro, que después pasó a ser la Escuela Interarmas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias General Antonio Maceo, Orden Antonio Maceo. Omar, que siempre gustó de estudiar, llegó a graduarse de ingeniero termoenergético, y Rafael todavía da clases de su especialidad en el instituto politécnico Ho Chi Minh, de la Ciudad Escolar Libertad.

Ambos expresaron su voluntad de que esos sucesos no se pierdan en el tiempo, y que los jóvenes de hoy conozcan cómo se vivieron aquellos días, calificados por Ernesto Che Guevara como luminosos y tristes. Por eso, una mirada a aquellos acontecimientos permite reafirmar la concepción de Fidel de que la seguridad del país depende, en primera instancia, del valor, la decisión y la voluntad de todo el pueblo para participar en su propia defensa.

 

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