Hay hombres a quienes les cuesta hablar de sí mismos. No porque les falten historias, sino porque encuentran mayor satisfacción en lo que hacen que en lo que podrían contar. Juan Venegas Chirino es uno de ellos. Para él, quizás la mejor recompensa no esté en las palabras de reconocimiento, sino en saber que alguien encontró respuesta a su preocupación, que una familia recibió ayuda o que un vecino no tuvo que enfrentar solo sus dificultades.
En el barrio todos lo conocen por Chirino. Es el delegado de la circunscripción 79 y presidente del Consejo Popular Roberto Rivas Fraga, responsabilidades que ejerce con la modestia de quien no necesita anunciar su presencia para hacerse notar. Basta recorrer las calles, detenerse en una esquina o acercarse a los vecinos para encontrar referencias a ese hombre inquieto que va de aquí para allá, atento a lo que sucede y dispuesto a tender una mano.
Su historia con los órganos del Poder Popular comenzó en Gaspar, en 1976, cuando la división político-administrativa abrió paso a aquella experiencia de participación popular. Desde entonces ha mantenido su vínculo con esta estructura en diferentes responsabilidades. Una trayectoria que también guarda el recuerdo de la medalla conmemorativa por los 20 años de la creación de estos órganos.
Pero hay algo que no cabe en las fechas ni en los reconocimientos: la manera en que entiende su responsabilidad.
La empatía parece ser el sello de su labor. Escucha al vecino, comparte sus inquietudes, acompaña en las gestiones y busca alternativas cuando las soluciones no están al alcance inmediato. No siempre tiene en sus manos lo que hace falta. Tampoco puede resolver todos los problemas que llegan hasta él. Sin embargo, procura que nadie se marche con la sensación de que su preocupación no importó.
En estos tiempos difíciles, cuando las carencias ponen a prueba la paciencia y la esperanza de muchas familias, esa disposición adquiere un valor especial. Porque ayudar no siempre significa tener algo material para entregar. A veces basta con escuchar sin apuros, poner el hombro, acompañar una gestión o hacer sentir a alguien que no está solo.
Y cuando no hay nada para dar, Chirino está dispuesto a ofrecer su corazón. Sí, su corazón, porque todavía existen hombres que encuentran en la solidaridad una manera de vivir y en el servicio a los demás una razón para seguir andando.
Él no habla de su labor como quien enumera sacrificios o reclama reconocimientos. La considera un deber social, una responsabilidad humana: ayudar al prójimo. Quizás por eso le cuesta hablar de sí mismo. Prefiere que los resultados respondan por él.
Al cumplirse cincuenta años de la creación de los órganos del Poder Popular, la historia de Juan Venegas Chirino nos devuelve a lo esencial de esa responsabilidad: el vínculo con la gente, la sensibilidad ante sus problemas y la voluntad de no dar la espalda a quien necesita ayuda.
Porque, al final, más allá de los cargos y las distinciones, hay una huella que se construye de otra manera: caminando las calles, compartiendo las preocupaciones y haciendo de la solidaridad una práctica cotidiana.
Esa es la huella de Chirino: la de un hombre que, sin hablar demasiado de sí mismo, sigue encontrando en los demás la razón de su entrega.
