De mediana estatura y un carácter que desconoce el significado de «sexo débil, Sara Correa Martínez es esta cubana que, a sus 65 años, ha forjado su vida a fuerza de voluntad, trabajo y amor por la tierra.
Desde hace poco más de seis años vive en su finca, un espacio que comenzó siendo apenas un pedazo de monte cubierto de marabú y que hoy se extiende sobre ocho hectáreas productivas, levantadas casi por completo con sus propias manos.
Llegó allí en un momento difícil. Durante la pandemia de COVID-19, un problema pulmonar la obligó a dejar su trabajo.
Aunque le garantizaron el salario, Sara no se resignó a quedarse encerrada entre cuatro paredes. “Yo no puedo estar dentro de la casa”, pensó. Y fue entonces cuando decidió buscar una alternativa que le devolviera el sentido y el movimiento.
Por las noches hacía guardia en la cooperativa «Batalla del Jigüe», de las seis de la tarde a las siete de la mañana. Allí, con esfuerzo y responsabilidad, se ganó el respeto de todos. Un día se armó de valor y pidió un pedacito de tierra para sembrar algo, aunque fuera pequeño. La respuesta fue clara: podía tomar todo lo que quisiera trabajar. Y así comenzó su historia como campesina.
Sara empezó chapeando marabú, haciendo hornos, dando candela, limpiando monte. Caminó y caminó, avanzando poco a poco, hasta convertir aquel terreno agreste en una finca viva.
Hoy siembra plátano, yuca, boniato, maíz, maní, calabaza y aguacate. Cría gallinas y cerdos. Todo lo que puede sembrar, lo siembra.
La mayor parte del tiempo trabaja sola. A veces alguien la ayuda, pero es ella quien sostiene el día a día del campo. Para Sara, ser mujer nunca ha sido un obstáculo. Lava por la mañana si hace falta, y por la tarde vuelve al surco.
No tiene niños a su cargo y confiesa que se entretiene más en el campo que en la casa. Ama la soledad y no le teme. Sus perros la cuidan, pero sobre todo la protege su confianza y su experiencia.
Ha hecho zanjas, ha chapeado, ha levantado hornos, ha trabajado con machete, azadón o con las manos si es necesario. No le teme a ningún trabajo. Nunca.
Los resultados han llegado: sus cosechas se venden a la empresa de acopio y también ayudan a quien lo necesite. A cualquiera que venga, sin distinción, Sara le tiende la mano, y esa solidaridad hace que luego la gente vuelva para ayudarla.
Para ella, el secreto de sacarle provecho a la tierra es simple y profundo: que a uno le guste. Todo se hace con amor. Si no hay amor ni deseo de luchar, la tierra no responde.
También hay que saber sembrar, respetar los tiempos, usar buenas semillas y cuidar la finca con limpieza y constancia. Su producción es natural, ecológica, sin químicos, atendida como se ha hecho siempre.
Sara Correa Martínez es prueba viva de que la voluntad no tiene edad ni género. Su historia es la de una mujer que no se rindió, que encontró en la tierra un refugio y una razón para seguir adelante, demostrando que cuando el trabajo se hace con amor, siempre florece.
