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Los Azucareros no tienen la culpa de las situaciones desencadenadas durante su búsqueda de la clasificación. Foto: Carolina Vilches Monzón /Archivo de Vanguardia / The Azucareros are not to blame for the situations triggered during their quest for qualification. Photo: Carolina Vilches Monzón / Vanguardia Archive

Urge mirar con seriedad nuestra Serie Nacional

La proeza de Villa Clara en la recuperación de sus partidos pendientes deja muchos cuestionamientos 

El beisbol cubano, ese tejido sensible de nuestra identidad, está protagonizando un cierre de temporada regular con un sabor mucho más amargo que la derrota misma. Lo ocurrido recientemente en la recuperación de los juegos suspendidos no es solo una anécdota organizativa; es, lamentablemente, un síntoma de la falta de rigor y respeto que asfixia a nuestra Serie Nacional.

Nuestro principal espectáculo deportivo agoniza entre polémicas que poco tienen que ver con el rugido de las gradas o el talento sobre el diamante. Lo que debía ser el cierre épico se ha transformado en un guion mal escrito, donde la estructura competitiva ha terminado por devorar la esencia misma del juego: la equidad.

No se trata de un ataque contra los Leopardos de Villa Clara. El equipo naranja ha hecho lo que cualquier contendiente debe hacer: aprovechar las circunstancias y ganar partidos para avanzar.

El problema real no reside en el esfuerzo de los jugadores, sino en un sistema organizativo que ha permitido una distorsión peligrosa de la realidad deportiva.

Resulta insostenible para la credibilidad de cualquier campeonato serio que un equipo defina su destino disputando nueve encuentros pendientes una vez que el resto de los competidores ya ha guardado los guantes. Esta «extensión artificial» del calendario ha creado una burbuja competitiva viciada. Mientras Villa Clara jugaba con el cuchillo entre los dientes, sus rivales —ya clasificados como Las Tunas, o eliminados como Granma y Camagüey— comparecieron al terreno sin la tensión, el entrenamiento ni la nómina necesaria para ofrecer una resistencia legítima.

La competencia solo es real cuando ambos bandos tienen algo que perder o ganar. Enfrentar a selecciones que ya están «en modo vacaciones», sin sus figuras principales y con varios días de inactividad, no es competir; en la práctica deviene un trámite administrativo con disfraz de juego de pelota. Esta situación es una bofetada a la justicia deportiva, especialmente para equipos como Pinar del Río y otros tantos que tuvieron que sudar cada victoria durante el calendario regular, enfrentando a rivales en plenitud de condiciones y motivación.

El punto de quiebre ocurrió en el duelo reciente entre Camagüey y Villa Clara. Lo vivido en ese noveno episodio fue una caricatura del deporte nacional. Ver a jugadores de posición en el montículo, regalando boletos y propinando pelotazos, como si de un juego de manigua se tratara, hasta entregar la ventaja definitiva, es una imagen que lacera la dignidad de un espectáculo, Patrimonio Cultural de la Nación. Ese racimo de seis anotaciones para los Leopardos no fue una remontada heroica, sino el desenlace de una rendición anunciada que ningún aficionado merece presenciar.

La actitud del equipo de Camagüey amerita análisis desde las más altas esferas del Instituto Nacional de Deportes, Educación Física y Recreación. Resulta difícil de procesar que una selección de primera categoría viaje para una subserie decisiva con apenas 13 jugadores de posición y cuatro lanzadores. Las justificaciones ofrecidas —atletas enfermos, deudas de entrenamiento o problemas personales— se desmoronan ante la aritmética simple: si una plantilla consta de 40 peloteros ¿dónde estaban los otros 23?

Criticable también resulta la descripción del partido a través de las ondas radiales. Los comentaristas de turno fueron incapaces de emitir un criterio negativo ante el bochornoso desenlace del encuentro. Más allá de pasiones afines, la objetividad no se debe perder.

La Comisión Nacional de Beisbol, principal culpable de esta situación, no puede seguir mirando hacia otro lado ante estas fisuras. La planificación debe ser sagrada, pues permitir que el desorden genere estas ventajas diferidas solo sirve para alimentar la desconfianza del público y devaluar el prestigio de nuestra mayor pasión cultural.

La pelota cubana necesita finales vibrantes por su calidad, no por el caos de sus reglamentos. Si permitimos que la improvisación dicte quién clasifica y quién no, estaremos enviando un mensaje devastador: importa más saber manejar el calendario que saber manejar el bate.

Si queremos que la Serie Nacional recupere su brillo, no podemos permitir que los juegos pendientes se conviertan en «regalos» o en trámites administrativos carentes de profesionalismo. El respeto al terreno es el respeto al pueblo y ese, por ahora, se quedó fuera del roster.

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