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Transgredir para crear: la vigencia de un texto incómodo, a cien años de Fidel

  • “Armando Hart supo traducir el sentido de las palabras de Fidel y, con ello, salvar obras y creadores cubanos”, considera Mayslett

Hay textos que se releen, se discuten, se heredan como una piedra en el zapato que obliga a caminar despacio y a mirar hacia dentro. Palabras a los intelectuales, el discurso que Fidel Castro pronunció en junio de 1961 después de tres jornadas de debate con escritores y artistas cubanos en la Biblioteca Nacional, es uno de ellos. A cien años del natalicio del líder de la Revolución, y en medio de las carencias y las urgencias de la Cuba de 2026, volver sobre esas páginas —y sobre las lecturas que de ellas hace hoy la cultura cubana— sigue siendo un ejercicio necesario.

De eso conversamos con Mayslet Sánchez Clemente, investigadora de la historia del arte y estudiosa del pensamiento cultural cubano, para quien Palabras a los intelectuales continúa siendo, sesenta y cinco años después, un texto “polémico”, “provocador” y “cuestionador de nosotros mismos”. No es una lectura cómoda ni la asume como tal: reconoce que hubo creadores afectados por su interpretación y defiende el derecho de cada quien a esa subjetividad, a la vez que reivindica el suyo propio para leer el discurso desde el respeto a las generaciones que la precedieron.

Su aporte más provocador a esta conversación es de orden conceptual: prefiere hablar de “transgresión” antes que de “disidencia”. Mientras la disidencia supone, a su juicio, una lucha de contrarios que puede volverse irreconciliable, la transgresión —dice— es la historia misma de la humanidad, el gesto de quienes en cada época se atrevieron a superar lo establecido. La ciencia, sostiene, existe precisamente gracias a quienes transgredieron lo estipulado en su tiempo; y la cultura, entiende, debería asumir esa misma vocación cuestionadora sin que ello implique renunciar al compromiso con el proyecto de país.

En esa lectura, Sánchez Clemente coloca en un lugar central la figura de Armando Hart, a quien reconoce como el intermediario que supo traducir el sentido de las palabras de Fidel y, con ello, salvar obras y creadores cubanos. Es también la vía por la que llega a una imagen entrañable: la del Quijote llegando escondido a una América donde su entrada estaba prohibida, y la de su propia infancia en Chambas leyendo esa misma obra en una casa de tablas que se caía. Si un pensamiento revolucionario no hubiera apostado por multiplicar esa lectura, sugiere, buena parte de esa cultura compartida no habría llegado a tantas manos.

De ahí se desprende su tesis central: la fórmula “dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada” no puede leerse hoy como una discordia, sino como una invitación a lo que ella llama diálogo cultural, un espacio donde converjan escritores, poetas, músicos, folcloristas e investigadores desde posturas distintas, sin que la diversidad de criterios se confunda con la ruptura. Cuba, recuerda, fue tierra fértil para la polémica intelectual, y el temor a la controversia —advierte— empobrece más que la controversia misma.

Su llamado no elude la autocrítica. Habla de superar mezquindades, egoísmos y conveniencias entre los propios creadores; de que la investigación cubana, hecha muchas veces sin recursos ni patrocinios, merece ser mirada con el mismo rigor crítico que se le exige a cualquier proceso. Y sitúa esa exigencia dentro de un afecto declarado por el país: no habla, dice, “desde Suiza”, sino desde una identidad cubana que asume con sus luces y sus sombras. A cien años de Fidel, el valor de Palabras a los intelectuales no está en repetirlo como consigna cerrada, sino en sostener viva la pregunta que planteó: qué lugar ocupa la libertad de creación dentro de un proyecto colectivo, y cómo se construye ese lugar en diálogo, no en silencio. Escuchar a una investigadora avileña discutirlo con esa franqueza —entre la fidelidad y la exigencia— es, quizás, la mejor prueba de que el texto sigue vivo precisamente porque sigue incomodando.

 

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