Hay momentos en la vida de una sociedad en los que es necesario detenerse. Mirarnos unos a otros, observar nuestras calles, nuestros barrios, nuestras casas; preguntarnos qué nos está pasando y, sobre todo, qué podemos hacer para que las dificultades no terminen cambiando aquello que somos.
Vivimos tiempos complejos. El mundo parece estremecido: la naturaleza sorprende con fenómenos que dejan a su paso incertidumbre y dolor; las guerras, la violencia y las desigualdades ocupan los titulares; millones de personas enfrentan hoy preocupaciones que hace apenas unos años parecían lejanas.
Tampoco nosotros somos ajenos a las dificultades. Los avileños sabemos cuánto puede pesar la escasez, cuánto cuesta resolver lo cotidiano, cuánto esfuerzo exige conseguir lo que necesitamos. Conocemos el cansancio de quienes trabajan, las preocupaciones de las familias, las noches en que encontrar una solución parece más difícil que nunca. Y sabemos también que la falta de electricidad, cuando se extiende noche tras noche, no es solo una incomodidad: es una sombra de la que algunos inescrupulosos se aprovechan para actuar con mayor impunidad.
Pero precisamente por eso hay algo que debemos cuidar con especial empeño: nuestra humanidad. Porque las carencias pueden explicar el cansancio, la desesperación o la angustia, pero nunca deberían convertir el daño al otro en una alternativa.
No podemos permitir que la dificultad nos vuelva indiferentes. Que la necesidad nos lleve a ver al prójimo como un enemigo. Que lo que alguien consiguió con sacrificio deje de ser respetado. Que el miedo empiece a instalarse donde antes había confianza.
Un poco de amor, un poco de atención, un poco más de solidaridad. No resolverán por sí solos todos nuestros problemas, pero pueden impedir que perdamos algo mucho más difícil de recuperar: la confianza entre nosotros.
También corresponde a las instituciones hacer su parte. Cuando la oscuridad se adueña de barrios enteros durante horas y con ella crecen las señales de que la convivencia se resquebraja, la respuesta no puede llegar tarde. Hace falta que las familias sientan que alguien las escucha, que hay quien recorre las calles, que existe a quién acudir antes de que el problema crezca.
Este no es un llamado al miedo. Es un llamado a no acostumbrarnos, a no aceptar como normal lo que puede romper la tranquilidad de una familia, a no mirar hacia otro lado cuando una situación reclama atención.
Todavía estamos a tiempo. A tiempo de actuar, de escuchar, de corregir, de fortalecer la seguridad y la confianza de nuestros barrios.
Los avileños merecemos vivir con tranquilidad, caminar nuestras calles con confianza y sentir que nuestras casas son refugios seguros. Para conseguirlo necesitamos la responsabilidad de todos: la familia, la comunidad, las instituciones y las autoridades competentes.
Porque una sociedad no se mide solo por su capacidad de enfrentar las dificultades, sino por el modo en que trata a sus semejantes cuando las atraviesa.
Que la escasez no nos quite la solidaridad. Que el cansancio no nos quite la sensibilidad. Que la incertidumbre no nos quite la esperanza. Y, sobre todo, que los tiempos difíciles no nos roben la humanidad.
