En la blanca arena de Cayo Coco,al norte de Ciego de Ávila, bajo la luz de las estrellas o la luna, un ritual milenario volvió a cumplirse este 2025. Las huellas en forma de arado que aparecían al amanecer contaban la historia silenciosa de la noche: tortugas marinas, principalmente caguamas y algunas verdes, habían vuelto a casa.
La Agencia Cubana de Noticias dio seguimiento informativo a un año de intensa actividad, donde cada nido depositado se convirtió en pequeño triunfo de la naturaleza asistida por manos humanas comprometidas.
Este fenómeno recurrente es mucho más que un espectáculo natural; es el termómetro de la salud de un ecosistema: estas especies en peligro de extinción elijan una y otra vez las playas de este cayo para perpetuar su linaje es un certificado de calidad ambiental.
Las circunstancias hablan de aguas costeras ricas en alimento, de arenas limpias y de una relativa tranquilidad que ellas perciben. Cada tortuga que anida es un mensajero que confirma que, a pesar de las presiones globales, aún existen refugios.
Es insustituible el papel ecológico de las tortugas: son jardineras de los pastos marinos y reguladoras de poblaciones, manteniendo el delicado equilibrio que sustenta la vida en los arrecifes y las praderas submarinas del archipiélago cubano.
El significado de los anidamientos va más allá de la biología, pues cada depósito de huevos vigilado y los actos de liberación de decenas de tortuguitas que emprenden su épico viaje oceánico, representan un acto de fe en el futuro y son demostraciones tangibles de la efectividad en las labores de conservación.
En un mundo donde las malas noticias ambientales son frecuentes, Cayo Coco se presenta como ejemplo de que la intervención humana, cuando es guiada por la ciencia y la ética, puede inclinar la balanza a favor de la vida.
Las circunstancias demuestran que es posible un modelo donde la industria turística y la preservación más estricta no solo coexistan, sino que se potencien mutuamente, ofreciendo un valor añadido de autenticidad y responsabilidad.
Así, las playas de Cayo Coco en 2025 no fueron solo un destino de sol, constituyeron una sala de partos natural, un laboratorio al aire libre y santuario.
Los caparazones que surcaron la arena escribieron, una vez más, un capítulo de esperanza. Recuerdan que proteger estos ciclos ancestrales es, en definitiva, proteger nuestra propia capacidad para vivir en armonía con el planeta, asegurando que el legado de biodiversidad que hoy disfrutamos pueda ser contado, con asombro, por las generaciones venideras.
