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Natalia, otra Joya de Ciego de Ávila

Gudelia Natalia Morales Jiménez recuerda con claridad el día en que su vida cambió para siempre. Tenía apenas 11 años cuando, siendo estudiante de sexto grado en el poblado de Ranchuelos, municipio de Chambas, decidió aceptar un reto que casi nadie más quiso asumir: estudiar en la formadora de maestros de Morón. Fue la única de su comunidad que dio el paso.

Aquella decisión significó separarse de su familia siendo aún una niña. Llegó becada a la escuela formadora y todo era nuevo para ella. Ni siquiera sabía enfrentarse a una bandeja en el comedor. Los profesores, conscientes de su timidez y de su corta edad, se acercaban a ayudarla y hasta le enseñaron cómo utilizar los utensilios en la mesa. “Tuve que crecerme dentro de esas dificultades”, recuerda.

Pero el verdadero reto llegó cuando tuvo que enfrentarse por primera vez al aula. Con apenas 14 años comenzó sus prácticas docentes en el municipio Primero de Enero. Allí descubrió que algunos de sus alumnos eran incluso mayores que ella. La responsabilidad, la disciplina y el deseo de enseñar fueron sus principales herramientas para superar los temores iniciales.

Durante aquellos años también encontró apoyo en personas inesperadas. Una familia, padres de uno de sus estudiantes, la acogió en su hogar para ayudarla mientras ejercía su labor docente siendo todavía muy joven.

Con solo 16 años ya trabajaba como maestra graduada en la comunidad de Mangalarga. Allí vivió una de las anécdotas que más recuerda: el día en que un inspector llegó a observar su clase y resultó ser el cuñado de su hermana. Al verlo sentado al fondo del aula, los nervios la traicionaron y no pudo evitar romper a llorar.

A pesar de los obstáculos, Natalia nunca abandonó su vocación. Durante décadas se dedicó a enseñar a leer, escribir y calcular a cientos de niños en la educación primaria. Más tarde asumió responsabilidades de dirección escolar y finalmente continuó su camino en la educación superior.

Hoy, después de 44 años en el magisterio, trabaja en el Centro de Estudios Educacionales de la Universidad de Ciego de Ávila, donde guía a estudiantes de maestría y doctorado.

Sin embargo, el mayor reconocimiento no lo encuentra en las medallas o en los títulos académicos, sino en algo mucho más simple: en la calle, en un hospital o en cualquier lugar, cuando alguien se acerca y le dice: “Profe, lo que sé de ortografía se lo debo a usted”. Para Natalia, ese momento resume toda una vida dedicada a enseñar.

Hoy recibe la distinción Joya de la Pedagogía, un reconocimiento que encierra pasión, entrega y mucho amor.

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