- A los 50 años de los órganos locales, el municipio de Ciego de Ávila los celebra con actos, exposiciones y servicios que llegan a la periferia. Más que una efeméride, la fecha obliga a medir cuánto del poder se ejerce todavía donde se vive
El sábado 31 de octubre se cumplen cinco décadas de la constitución de los órganos locales del Poder Popular. La cifra invita al balance, y en Ciego de Ávila el balance tiene rostro propio: el de un municipio que prepara para ese día un acto en el Parque Martí, una exposición en el corredor de la sede del gobierno que recorre desde la primera Asamblea de 1976, presidida por Roberto Bolaños, hasta este XVIII mandato, y una noche cubana en la ciudad que en 2027 cumplirá 150 años.
Los documentos que enmarcan la conmemoración dejan ver una premisa constante. El material sobre la experiencia de Matanzas, antecedente del sistema, reúne los discursos de Fidel, Raúl y Blas Roca, y describe un Poder Popular “profundamente popular, sólidamente enraizado en las masas” y “en permanente perfeccionamiento, desarrollado sobre nuestras propias experiencias”. Esteban Lazo, en la misma línea, lo presenta como “instrumento de trabajo y de consulta permanente” y rinde homenaje a fundadores y continuadores. Dos ideas se repiten: que el sistema es obra propia, no copia, y que su legitimidad depende de seguir perfeccionándose. La primera mira al origen; la segunda, a la exigencia.

Ahí está el alcance real de la fecha. Un órgano local no se mide por su antigüedad, sino por su capacidad de convertir el problema del vecino en decisión de gobierno. Viviana Martínez Cárdenas, presidenta de la Asamblea Municipal, lo formula desde la práctica: las historias de vida de delegados con más de 30 años de servicio, nueve con reconocimiento de la Asamblea Nacional y dos del propio municipio, se proponen mostrar la esencia del sistema: acompañar los problemas del pueblo y resolverlos “desde la participación popular”. Esos delegados, que han atendido durante décadas la cuadra, el barrio, el salidero, el pedido, son la memoria viva de que el poder local existe cuando alguien responde.
El contexto actual agrega peso a esa idea. La propia presidenta reconoce que son “tiempos tan difíciles”, y es justamente en esos tiempos cuando la participación deja de ser consigna y se vuelve condición de la gestión. Por eso resulta significativo que el programa vincule la fecha con la implementación de las 176 transformaciones, donde el pueblo participa “con su actuar, su control y su fiscalización”, y con movimientos como Mi Barrio por la Patria y la Red Juvenil Comunitaria, concebidos para que la comunidad resuelva sus problemas junto a la administración. El gobierno municipal no sustituye a la comunidad ni la comunidad al gobierno: se necesitan.

La conmemoración también tiene una geografía que merece atención. Las jornadas en La Aguadita, El Vivero, en la Loma de la Carolina, y en cada consejo popular, llevan a la periferia más de 15 especialidades médicas de la atención secundaria y a los trabajadores sociales, con los 32 programas de su perfil, para evaluar casos y entregar recursos a personas vulnerables. Allí se ve la diferencia entre celebrar un aniversario y cumplirlo: acercar el servicio a quien no vive en el centro de la ciudad es la forma más concreta de honrar un sistema que nació para estar cerca.
Queda, como en toda efeméride seria, la tarea pendiente. El perfeccionamiento que repiten los discursos no es un punto de llegada: supone rendición de cuentas más ágil, delegados con herramientas reales para gestionar, respuestas oportunas a lo planteado en las asambleas de rendición de cuentas y una ciudadanía que no solo asista, sino que opine y controle. Medio siglo después, la mejor evidencia de que el Poder Popular está vivo no será el acto del Parque Martí, sino el barrio donde el problema, a fuerza de participación, se resuelva.

