A cinco años de la muerte del cineasta Enrique Pineda Barnet
Así lo contó, más de una vez, Enrique Pineda Barnet: había llegado a su casa «mi amiga Norka Méndez, con Korda, el fotógrafo, que era su esposo, para anunciarme que estaba embarazada». Mientras celebraban, apareció en la pantalla del televisor, Fidel.
«Fidel hablaba todos los días y siempre eran discursos importantes, así que nos pusimos a oírlo y de repente dice: Necesitamos jóvenes de cierto nivel cultural que estén dispuestos a ir a la Sierra como maestros voluntarios».
No se trataba todavía de alfabetizadores, esa campaña vendría casi dos años después. «Dejé a Norka y a Korda en la sala, y agarré mi file (dentro estaba su documentación). Fidel estaba dando el discurso en la esquina de mi casa, en el Canal 2, frente a lo que era el Cabaret Montmartre.
«Había un soldadito en la puerta y un vw chiquito, el que Fidel manejaba. Le dije al soldadito que por favor le entregara el file al Comandante cuando bajara. Regresé a mi casa y cuando entré estaban Norka y Korda parados frente al televisor y Fidel con el file en la mano diciendo: ¡Aquí llegó ya el primer maestro voluntario!».
De esa forma partió el joven a la Sierra Maestra: «Sí, me fui, y mi vida comenzó a ser otra a partir de aquel momento (…). Me mandaron a una escuelita que se llamaba El Cilantro, ubicada en una montaña desde donde se podían ver las luces de Jamaica. Conmigo subieron más de 3 000 jóvenes (…) no había recursos para enseñar, así que se hacía con cualquier cosa (…) si la noche era estrellada y titilaban azules los astros a lo lejos, se explicaba qué era la Luna y, ya de paso, también la poesía.
«La necesidad de enseñar es tan intensa como la necesidad de aprender y el maestro aprende al mismo tiempo que está enseñando», afirmaría años después, en una entrevista ofrecida a la acn, el director, guionista de cine y videos, periodista, crítico, locutor, actor de teatro, cine y televisión, escritor, compositor y cantante, que nunca dejaría de ser profesor.
En la vorágine revolucionaria de aquellos días, luego de la Sierra, lo enviaron a Matanzas, a la nacionalización del central azucarero Tinguaro, y después a la oficina del Ministro de Relaciones Exteriores, Raúl Roa. De allí llegó al Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos, ese lugar que consideraba un sueño, y que pensaba no tener méritos para integrar. Su inserción en el departamento Enciclopedia Popular marcó el inicio de una brillante carrera dentro de la cinematografía de la Isla.
No obstante, para aquel entonces ya Pineda Barnet (La Habana, 28 de octubre de 1933-12 de enero de 2021) había sido parte de la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, y de Teatro Estudio; pionero de la televisión, publicista; y ganado el Premio Nacional de Literatura Hernández Catá, en 1953, por su cuento Y más allá… la brisa. Mereció, además, una mención en el premio Casa de las Américas 1960, con la pieza de teatro El Juicio de la Quimbumbia, y estuvo entre los fundadores de la Uneac.
Versátil e inquieto, atendió siempre a la búsqueda y a la experimentación; a ello se deben obras como Giselle, y La bella del Alhambra (Premio Goya 1990); además de –entre otras muchas– Aire Frío, Cosmorama, Mella, Aquella larga noche, La Anunciación, y Verde-Verde.
De su vocación pedagógica dio cuenta, asimismo, el taller de creación Arca, Nariz, Alhambre, con jóvenes egresados del Instituto Superior de Arte, del cual nacieron relevantes cortometrajes.
Premio Nacional de Cine 2006 y Premio Coral de Honor del 38 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano por la obra de la vida, 2016, el llamado de Enrique Pineda Barnet fue a hacer cine a toda costa, a través de películas atrevidas y desprejuiciadas:
«He dicho en varias ocasiones que me he operado del odio, porque el odio es muy nocivo y hace mucho daño al que odia. La cura es analizar al otro, aprender a entenderlo. Lo segundo es aprender a prescindir, porque prescindir equivale a despejarse (…) creo que a la hora de hacer arte también hay que aprender con menos recursos, a exprimir la creatividad».
