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XXXX de Industriales (uniforme blanco y azul) y XXX de Ciego de Ávila (uniforme azul y rojo), en jugada en XXX base, durante el juego entre sus equipos en el marco de la III Liga Élite del Beisbol Cubano, en el estadio Latinoamericano, en La Habana, Cuba, el 30 de abril de 2025. FOTO: Roberto Morejón/Periódico JIT (Cuba)

La noche que el diamante se quedó mudo

Confieso que es la crónica que nunca quise escribir. No hubo lanzamiento en cuenta de tres y dos, ni batazo al tablero de anuncios que pudieran opacar el ruido atronador del silencio. La noche de este sábado 5 de abril, el béisbol cubano no perdió un juego: perdió a un pedazo de su alma.

Danny Miranda Agramonte, aquel muchacho de piernas firmes y mirada de estratega que colgó un oro olímpico en Atenas 2004, pasó de dirigir a los Tigres a encontrarse con la eternidad.

La noticia inesperada, violenta, definitiva. Quienes lo vieron hace apenas días, trazar líneas en la arcilla con el pie, reclamando una jugada de pizarra o celebrando un triple oportuno, no podían creer que ese mismo cuerpo de atleta yaciera inmóvil.

La muerte, árbitra implacable, le cantó el out número 27 a una vida que iba en ascenso.

Pero si hay algo que el deporte enseña, es a levantarse después de la derrota. Y los suyos, sus excompañeros de aquellos equipos donde Danny dejaba el sudor y la palabra justa, acudieron sin que nadie los llamara. Se reunieron para el último entrenamiento de su amigo, al partido que nunca termina.

Allí estaban, con la garganta hecha un nudo, para despedir al capitán que supo ganar títulos como aquella Tercera Liga Elite con los Tigres, y también voluntades.

Porque Danny Miranda no solo había heredado el título olímpico. Había heredado la obsesión de enseñar.

Joven todavía —con solo 47 años, y eso duele más—, ya mostraba las cualidades de los grandes: leer un juego como quien lee un periódico matutino, motivar a un muchacho de 19 años como si fuera su propio hijo, y tener la clarividencia de clasificar a Cuba al Mundial Sub 23 tras un Panamericano donde dejó la piel.

El béisbol cubano, ese viejo barco de glorias y tormentas, hoy iza las banderas a media asta.

No es un simple luto deportivo: es el adiós a uno de sus hijos más genuinos, a un hombre que en cada grito de «¡vamos arriba!» resumía décadas de orgullo nacional.

La afición avileña, tan exigente como leal, llora en las gradas vacías de su estadio, donde el eco de sus instrucciones parece flotar todavía.

Pero los héroes no mueren del todo. Se transforman en rectas rápidas que cortan la noche, en batazos que se pierden entre las estrellas.

Danny Miranda Agramonte, campeón olímpico, director de los Tigres, estratega de futuro, ha dejado el terreno. Y sin embargo, desde ahora, cada niño que tire una bola en un solar de Ciego de Ávila lo hará con su nombre en los labios.

«Gloria eterna, campeón.»

El juego continúa, pero sin ti el diamante se siente más grande y más solo.

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