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La ciudad que se mira en sus propios arcos

  • Fue presentado este fin de semana el libro La Ciudad de los Portales, (Vol. 46, Colección Antologías Hispanas, Laia Editora Argentina. Compilador: Luis Pacheco Granado

Hay un riesgo que corre toda antología nacida de un concurso local, convertirse en acta notarial de un premio antes que en libro. La Ciudad de los Portales no escapa del todo a esa tentación, pero tiene algo que la salva de quedarse en simple memoria de certamen, un tema tan físico y tan simbólico a la vez —el portal avileño, esa columnata que protege al caminante del sol y de la lluvia— que termina funcionando como un molde capaz de sostener registros muy distintos entre sí, del terror adolescente a la crónica costumbrista, del policial fallido a la prosa poética de raíz simbolista.

El grupo literario El Rincón de los Cronopios lanzó su segunda convocatoria sobre el tema, dirigida sobre todo a jóvenes, y el libro reproduce con honestidad esa procedencia mixta.

Aparecen los tres lugares del podio, las menciones, y luego un cuerpo de textos “invitados” de miembros ya consagrados del grupo. Esa estructura —homenaje, concurso, invitados— es habitual en las antologías de peña provincial cubana, y aquí funciona, razonablemente, bien como bitácora de un momento del circuito literario de Ciego de Ávila, aunque exige del lector cierta tolerancia hacia la desigualdad de oficio entre una autora de doce grado y un licenciado en Derecho con máster en Ciencias Forenses que ya publica libro propio.

El acierto de la convocatoria está en haber elegido una imagen arquitectónica real —el portal avileño— y haberla dejado abierta a la metáfora sin imponerla. Cuando el recurso funciona, como en el poema brevísimo de Isis de la Caridad Pérez Capote (La ciudad de los recuerdos), el portal deja de ser decorado y se convierte en unidad de medida del duelo. Aquí cada arco es un paso que no logra despegarse del pasado. Ahí la economía del texto —apenas media página— es su mayor virtud.

Cuando el recurso no funciona, el portal se vuelve puerta dimensional de manual, entrada a mundos paralelos, umbral hacia el pasado, grieta hacia lo fantástico sin anclaje local. El último portal de Odailyn Morales Olivera y el cuento de Roxana Dales Ávila comparten ese destino, pues ambos convierten el edificio real en excusa para un multiverso genérico, con naves espaciales o guardianes anónimos que podrían estar en cualquier ciudad del mundo. No hay nada malo en que un cuento fantástico despegue de lo local hacia lo universal, pero aquí el despegue es tan prematuro que el título del concurso —y el edificio que lo motiva— acaba siendo, apenas, una percha.

El texto más trabajado del libro, a mi entender y con diferencia, es Echado al infinito, firmado bajo el seudónimo Y. Samarcan. Es el único que se atreve a una prosa densa, de aliento simbolista, con una referencia explícita a Marcel Schwob que no es adorno. El autor construye su ciudad de portales como un espacio de expiación, con ángeles caídos y perros sin nada que ladrar, y sostiene ese registro sin que se le rompa el tono hasta el final. Es también el único cuento del libro que entiende el portal como arquitectura del encierro y no como pasadizo hacia otra parte, lo cual —dado el tema de la convocatoria— resulta casi una lectura a contrapelo, y de las mejores.

Un día de mala suerte, de Larisa Diakova, va en dirección opuesta y logra un efecto distinto pero igual de sólido. Nada de fantástico, solo la acumulación exacta de pequeños desastres domésticos —el agua caliente, la dentadura postiza rota, la llave olvidada, la lluvia— que convierte el portal en simple refugio físico de una mujer jubilada sin dinero para vivir. Es el cuento más cubano del libro, en el sentido más llano de la palabra, y su fuerza está en que no necesita ningún artificio para justificar el título de la antología. El portal aparece porque ahí es donde uno se sienta a llorar cuando ya no tiene llave de su casa.

El cierre de Luis Pacheco Granado, «Cuando la ciudad despierta», cumple bien su función de broche al recuperar la figura del pordiosero-duende como guardián secreto de la ciudad, un motivo de raigambre popular que conecta con la tradición oral avileña sin subrayarlo, y deja la antología en el registro de misterio amable con el que probablemente se pensó todo el proyecto.

Hay que decirlo sin rodeos, «La Cartomántica», de Víctor Manuel Ramos, construye todo su desenlace sobre la revelación de que la protagonista es una mujer trans, presentada como sorpresa cómica y castigo narrativo —la «farsante» es la vidente que no supo leer un cuerpo, y el chiste final recae sobre la identidad del personaje, no sobre ningún otro elemento de la trama. El resto del cuento tiene oficio, un narrador que sabe describir el ritual de la consulta con las cartas, cierto pulso costumbrista bien logrado. Pero el mecanismo del final pertenece a un repertorio de humor que ya no resiste ninguna lectura seria, y en una antología que se presenta como espacio de convocatoria abierta y juvenil, ese chiste pesa más de lo que el compilador parece haber calculado.

A medio camino se quedan un grupo de textos correctos sin ser memorables, al menos, así lo veo: «Encuentro», de Zurisley Rementeria Agüero, importa sin disimulo el imaginario del romance paranormal de plataforma digital —el «psicópata» que elige a su «afinidad»— y no logra que ese vocabulario aterrice en Ciego de Ávila más que como escenografía; «El gran misterio de la ciudad de los portales», de Katheryn Liliana Ramírez Cobo, apuesta por el fragmento de terror ambiental y se queda corto de resolución, quizás a propósito, aunque el efecto es más de boceto que de cuento cerrado; «Amor en tus portales», de Silvia Esther Ruiz Sánchez, y «Mi canción», de Alicia Marlene Ríos Pérez, funcionan mejor como testimonio generacional —la maestra joven, la mujer que descubre su soledad en un baile— que como piezas narrativas terminadas, y se leen con el mismo espíritu con que se lee una crónica de vida contada en una peña.

La «Canción a Ciego» de Luis Ramos Zamora, que abre el libro a modo de homenaje, cumple su función de himno local; enumera la trocha, el parque Martí, la Turbina, el Boulevard, la Colonia, y da a la antología un mapa sentimental de la ciudad antes de que empiece la ficción. Es más documento afectivo que pieza literaria, y está bien que así se lea.

«La Ciudad de los Portales» no es un libro parejo, ni pretende serlo. Es la fotografía de un concurso literario provincial con toda la heterogeneidad que eso implica, desde la estudiante de doce grado hasta el escritor con obra publicada en el extranjero. Su mayor mérito es haber encontrado, en Y. Samarcan y en Larisa Diakova, dos maneras opuestas y ambas legítimas de tomarse en serio el encargo temático. Su mayor debilidad no es la desigualdad de oficio —eso es previsible y hasta sano en una convocatoria abierta— sino la falta de un filtro editorial que hubiera podido señalarle a más de un autor cuándo el portal se le estaba yendo de las manos, y que debió, sin duda, detenerse ante el desenlace de «La Cartomántica».

Como registro de lo que produce hoy un grupo literario de Ciego de Ávila, el libro cumple. Como antología que aspire a leerse fuera del círculo que la generó, necesitaría una poda más firme. Pero es loable lo que estos escritores liderados por Luis Pacheco desde su rincón, están logrando a pasos agigantados.

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