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El futuro del deporte cubano en la voz de un visionario

Las lecciones de Fidel deben ser una brújula en cualquier decisión tomada por las instituciones deportivas y en las actuaciones de los atletas. Foto: Roberto Morejón

La actuación de Cuba en los recientes Juegos Centroamericanos y del Caribe, en los cuales costó muchísimo esfuerzo conservar la tercera posición en el medallero general, invita a pensar en profundidad los derroteros del deporte nacional.

El Comandante en Jefe nos legó ideas tan vigentes hoy como en el momento de su formulación. Un repaso a sus antológicas Reflexiones nos brinda pautas imprescindibles para mantener y recuperar toda la grandeza, sin renunciar jamás a nuestras esencias.

Acerca del mancillamiento de ellas en la escena internacional, escribió en La importancia moral del clásico, publicada el 17 de marzo del 2009. «Al principio de la Revolución las Olimpiadas eran un evento de aficionados.

«Cuando los conceptos del capitalismo desarrollado lograron penetrar en los Juegos Olímpicos, la actividad deportiva dejó de ser un tema de salud y educación, que fueron sus objetivos a lo largo de la historia.

«El único país del mundo donde se conservó ese carácter fue Cuba, que alcanzó durante mucho tiempo los más altos percápitas de medallas de oro por habitante».

Volvió en torno a ese tema mientras transcurrían los Juegos Panamericanos Guadalajara-2011, cuando sentenció, a finales de octubre: «Las transnacionales del deporte tarifado han dejado muy atrás los sueños del creador del olimpismo».

En la cita múltiple continental previa, la de Río-2007, señaló que en varias naciones muchos deportistas ni siquiera representan a su propia patria. «Algunos ganan hasta 102 millones de dólares en un año (…) Cuba cuenta solo con sus propios atletas, que no son profesionales. Es una lucha desigual».

Las realidades mencionadas incluían el robo de talentos, ante lo cual comentó, en el texto titulado ¿Brasil sustituto de Estados Unidos?, que entre las vías utilizadas por el gobierno norteamericano para doblegar a la Mayor de las Antillas aparece la traición por dinero.

Frente a ese panorama, en el cual la industria predomina por encima del orgullo inmedible de llenar de alegrías a un país –modelo seguido por la Revolución cubana–, nos alertó en una de sus obras medulares, Los culpables somos nosotros, tras la eliminación en el II Clásico Mundial de Beisbol.

«Nos hemos dormido sobre los laureles y estamos pagando ahora las consecuencias», reconoció con su habitual sinceridad.

Agregó: «Nuestras esperanzas se basaban en la consagración patriótica de nuestros atletas y el fervor con que defienden su honor y su pueblo, a partir de una cantera varias veces e incluso decenas de veces menor en recursos humanos, comparado por ejemplo, con Japón».

Resumió, «En dos palabras, hay que revolucionar los métodos de preparación y desarrollo de nuestros atletas, no solo en la pelota, sino en todas las disciplinas deportivas».

Y como siempre, ganaran o perdieran las delegaciones, envió un mensaje cargado de aliento y autocrítica: «Ellos no son responsables de los errores que los condujeron al resultado adverso.

«Los culpables somos nosotros, que no supimos corregir a tiempo nuestros errores». Esas frases aún retumban en la voz del vigía que supo mirar hacia todos los tiempos, condujo el deporte cubano a cimas inimaginables y advirtió para corregir sus retrocesos.

 

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