En la quietud de las verdes sabanas de Lázaro López, aquella tarde otoñal del 29 de noviembre de 1895, el silencio se quebró con la algarabía de jinetes que se aproximaban, eufóricos, a uno de los encuentros más significativos de la historia de Cuba. Pero no eran solo voces de hombres a caballo: sin rezagarse en la marcha, guiados por el paso descalzo y arrollador del bravo general Quintín Bandera, avanzaba también la infantería del contingente oriental.
Al frente de todos, el Titán de Bronce. Aquellas tropas libertadoras habían partido el 22 de octubre desde los históricos Mangos de Baraguá con un objetivo preciso: llevar la guerra hasta los últimos confines de Occidente.
Cruzaron la Trocha de Júcaro a Morón al amanecer, y la hazaña no resultó difícil. La estrategia del Generalísimo Máximo Gómez —haber transitado antes por el lugar con su tropa, logrando que los soldados enemigos se concentraran en su avance— había sido un éxito.
Enterado del cruce, el General en Jefe envió un emisario a Maceo con indicaciones sobre la ruta a seguir y el punto exacto del encuentro.
El sitio no fue escogido al azar. Las condiciones geográficas eran idóneas: terreno elevado, buena visibilidad, una red de caminos en varias direcciones, posibilidades de camuflaje, pastos y agua para los animales. Pero lo que resultó determinante fue el factor histórico.
Allí, durante la Guerra de los Diez Años, se alzó un fuerte español que fue tomado e incendiado en tres ocasiones. En una de ellas cayó el general camagüeyano Ángel del Castillo Agramonte, conocido por su valor como “La Tempestad a Caballo”. Instantes antes de morir, arengando a sus hombres, pronunció: “Vengan a ver cómo pelea un general cubano”.
Veintiséis años después, se escribía en los potreros de Lázaro López una nueva página del orgullo patrio. Cerca de las tres de la tarde se produjo el encuentro entre dos grandes líderes mambises. Adelantándose a sus escoltas, Gómez y Maceo se fundieron en un abrazo. Los vivas a Cuba Libre de soldados y oficiales conmovían el aire; las notas del Himno de Bayamo estremecían incluso a quienes, a kilómetros de distancia, las escuchaban.
Se cumplía así el anhelado sueño de Martí: la unidad. Con aquel acto se asestaba un duro golpe al regionalismo que había malogrado los empeños de contiendas anteriores. En el campamento confraternizaban orientales, camagüeyanos y villareños; negros y blancos; cubanos y algunos extranjeros unidos por el mismo ideal independentista.
En poco tiempo se designaron los cuadros de mando y los combatientes. Maceo fue oficialmente nombrado Jefe máximo de la Invasión. La noche se iluminó con cantos, alegría y versos improvisados.
En la mañana del 30 de noviembre, frente a las ruinas del fuerte español, el Generalísimo ordenó formar en cuadro a toda la tropa, que ya sumaba cuatro mil hombres —incluidos vecinos de la zona—. Junto a Maceo y a Salvador Cisneros, presidente de la República en Armas, pasó revista. Un toque de cornetas impuso silencio, y Gómez pronunció una de las arengas más ardientes de la historia cubana.
Cisneros y otros patriotas también tomaron la palabra. Quedaba así constituido, definitivamente, el Ejército Invasor, que partió hacia Occidente al compás del Himno Invasor, compuesto tiempo antes por Enrique Loynaz del Castillo.
Ciento treinta años después, en este lugar histórico —hoy Monumento Nacional—, late el pulso del pueblo avileño, que unido en su quehacer reafirma la frase que entonces pronunciara Máximo Gómez: “El día que no haya combate, será un día perdido o mal empleado”.
