Este primero de septiembre, 414 instituciones educativas abrieron sus puertas en Ciego de Ávila para recibir el nuevo curso escolar 2026-2027, con una cobertura docente del 77,6 por ciento.
Detrás de esos números hay algo mucho más grande que una estadística: hay aulas que vuelven a llenarse de voces, cuadernos que esperan las primeras palabras y maestros dispuestos a entregar, una vez más, lo mejor de sí.
Porque en Cuba la escuela nunca ha sido solamente un edificio. Ha sido, desde hace mucho, una manera de entender la vida.
Cada septiembre, cuando un niño cruza el umbral de un aula con su mochila a cuestas, también entra con él una de las convicciones más profundas de esta tierra: educar es abrirle caminos al ser humano. Es darle herramientas para comprender el mundo, para transformarlo y, sobre todo, para no resignarse a vivir en la oscuridad de la ignorancia.
José Martí lo entendió con esa claridad que tienen las verdades destinadas a permanecer: “Cada hombre tiene derecho a que se le eduque, y en pago contribuir a la educación de los demás”. No podía imaginarse entonces cuánto de futuro cabría en esas palabras. Hoy adquieren una vigencia conmovedora.
Porque educar no termina cuando el maestro abandona el aula. Continúa en la familia que acompaña, en quien comparte un libro, en aquel que enseña lo que sabe, en la comunidad que protege su escuela y en cada persona que comprende que el conocimiento no es patrimonio individual, sino una riqueza que crece cuando se comparte.
Por eso, hablar de educación en Cuba es hablar también de solidaridad. De generaciones que aprendieron a leer y después enseñaron a otros. De maestros que hicieron del magisterio una forma de servir.
De niños que alguna vez llegaron a una escuela tomados de la mano de sus padres y que, con el paso de los años, terminaron regresando a ella para convertirse en profesionales, científicos, artistas, técnicos o maestros.
Este primero de septiembre, mientras las puertas de 414 instituciones se abren en Ciego de Ávila, quizás lo esencial no pueda medirse en porcentajes.
Está en la mirada de quien vuelve a aprender. En la paciencia de quien vuelve a enseñar. En la esperanza de una familia que sabe que un hijo con educación tiene más herramientas para elegir su propio camino.
Hay tiempos en que preservar lo esencial se convierte también en una forma de resistencia. Y la educación es, sin dudas, una de esas cosas esenciales que un pueblo no debería dejar caer. Por eso las escuelas abren sus puertas. Para que vuelva a comenzar el futuro.
Y para que aquella hermosa idea martiana siga cumpliéndose, generación tras generación: que cada ser humano tenga derecho a ser educado y que, después de recibir la luz, sienta el deber de ayudar a encenderla en los demás.

