- #Hashtag es un cortometraje necesario para la sociedad sobretodo avileña
Conozco lo suficiente la obra audiovisual de Jorge Luis Neyra como para poder, de una sentada y de una sola visualización, escribir una reseña crítica sobre #Hashtag, su última creación.
A mi juicio, una pieza menor dentro de su engranaje creativo y más cuando, 13 años de inactividad creadora, al menos en la ficción, lo mantenían sumido en el mundo de la televisión y la preparación pedagógica de otros profesionales del medio.
Partiendo de que #Hashtag cumple su cometido didáctico de llevar un mensaje de bien común, contemporáneo y aterrizado en la cotidianidad más nuestra, sus valores artísticos no son nimios.
Descuella por su factura, por su edición armónica y musicalización que transmite eso “otro” que se necesita reforzar de una escena dramática: la voz secreta. Pero no escapa de ser parte de una terapia, una herramienta pedagógica.
Recordemos que el cine didáctico pregunta, “¿qué quiero que el espectador aprenda?”, mientras que el cine de autor suele preguntarse, “¿qué experiencia quiero que viva el espectador?”.
Esa diferencia de propósito suele reflejarse en la construcción de los personajes, la estructura dramática y el uso del lenguaje audiovisual.
La historia arranca cuando una madre (Yanelys Valenzuela) acude a un tatuador para picarse el número 392 que es la cifra de días que llevaba su hija sin consumir estupefacientes hasta que falleció de una sobredosis.
El artista de la piel acepta el trabajo y al terminar también accede a realizar otros de manera gratis a todos los que lleguen para ello. Y así, delante de sus ojos, desfilan los diferentes personajes que arman la trama de manera emocionante y conmovedora.
La idea original surge como un material de terapias del psicólogo Dany Rodríguez Ceballos. Por supuesto, sufrió cambios. Pero creo que la premura o la falta de lecturas más especializadas no dejaron ver su lado perfectible para corregir a tiempo.
Aunque todavía se pueden hacer algunos ajustes. Un producto audiovisual no tiene por qué detenerse en su premier. Y menos, cuando todavía no ha alcanzado la mayoría de edad.
En cuanto a su fotografía, el experimentado Eric Yanes consigue una imagen fresca, tan cristalina y locuaz como prefijara el director. Los planos cerrados y los generales consiguen dar todo el dramatismo o el diarismo de una sociedad transformada en una especie de calidoscopio y sigue su paso a la velocidad del cohete.
Y aunque siempre en edición los colores, encuadres, ambientes y hasta el mismo plano, sufren algún de tipo de variación según las exigencias del proceso, lo cierto es que Eric logra estabilidad en cada toma, colocarse en el lugar correcto y ofrecer contra planos, cenitales, de una manera apreciable como ya nos tiene acostumbrado en obras como Estorbo, La noche más larga del mundo, Plátano quemado, etc.
Tras ver las subjetivas, los planos detalles o primeros planos, al devolvernos la atmósfera de una ciudad avileña que puja por actualizarse y denota sus costuras sociales, Eric demuestra que su oficio de cronista y traductor de las ideas de otros, todavía da frutos apetitosos.
Es suficiente con ver la escena del soliloquio de Laritza López. Cada detalle en su fisonomía cuenta. El encuadre es perfecto. Se le escucha y se interioriza lo que dice de manera natural, porque la cámara además de los ojos, es el oído del espectador. Vemos, de alguna manera, lo que siente ella, lo que nos traduce de la realidad objetiva, como la psiquis humana.
En el apartado de las actuaciones me atrevo a formular que hay equilibrio coherente entre todas y consiguen enarbolar el mensaje del director y el guionista. Aunque aquí sean la misma persona.
Basta señalar la organicidad del dueto madre e hijo, entre Yuleidys Zurita y Jorge Ysel. Naturales, orgánicos, creíbles y auténticos. Ysel demuestra que nunca debió abandonar las tablas; Zurita consigue, en escasos minutos, dar todo el orgullo de una madre que, aunque destrozada, tiene fe en el mejoramiento humano y confía en la salvación de su hijo.
Mención especial para la caracterización de Luis Ricardo Faura. Su padre adolorido y que no se resigna a la pérdida de su hija, nos lleva a pensar en el futuro incierto de nuestros hijos que aún son niños. Su gestualidad, sus manes y desmanes encajan a la perfección con el retrato de ese hombre común que aún no concibe la debilidad del carácter humano, ni la destrucción de su propia familia.
Recordemos que es un cortometraje de apenas 25 minutos. Los niveles de histrionismo están más comedidos que de costumbre porque los personajes no están concebidos para un desarrollo dramatúrgico “normal” o de largo vuelo.
Se hace evidente que lo más apremiante es el mensaje a transmitir; las ideas y el sentimento, la memoria activada hasta el sufrimiento lo ponen los espectadores.
Pero si hablamos de interpretación actoral y de concepción de personajes, creo que Rafael Solenzar interpreta bastante bien su papel. Es verosímil, no es grandilocuente como debería serlo un actor devenido del teatro aunque ya haya tenido experiencias en la pantalla chica y sea hasta premio Caricato de actuación.
Rafael Solenzar construye un tatuador contenido, creíble y de notable organicidad. Sin embargo, la interpretación termina limitada por una concepción dramática insuficiente del personaje. El guion reserva para el desenlace una revelación importante, pero nunca permite que esa experiencia se filtre en sus acciones, silencios o contradicciones.
El resultado, es un personaje que funciona, eficazmente, como mediador entre las distintas historias, aunque no como sujeto dramático de ellas. Cuando el relato intenta convertirlo en el centro emocional del desenlace, el desplazamiento resulta más informativo que orgánico.
Como apuntaba Ricardo Piglia, el final sorpresivo no consiste en ocultar información sino en administrarla. La sorpresa nace cuando el desenlace parece inesperado y, al mismo tiempo, inevitable.
Como mensajero del bien, es loable. Y hasta ahí las clases.
Muchos coincidirán en que es una buena puesta en escena con escenografía real prestada por un verdadero artista del tatuaje como lo es el instructor de arte Omar Gazmuri, quien tuvo, además, un rol decisivo como asesor técnico de Rafael en cuanto a las prácticas del oficio.
Incluso, sé que llega a la memoria colectiva evocando fantasmas y episodios nefastos, mas eso no lo es todo para el monstruo del arte que necesita mucho más para sobrevivir y no quedar varado en la orilla.
#Hashtag es un cortometraje necesario para la sociedad sobretodo avileña. El público que ya lo vio ha batido palmas de manera atenta, feliz, respetuosa, conmocionado y lo ha sabido valorar.
Pero el arte también tiene sus oquedades y hay que ser capaces de apreciarlo todo. Esta no es la obra con la que retorna feliz Jorge Luis Neyra al mundo de la ficción cinematográfica que tanto le apasiona.
Esta podría ser, sin embargo, la pieza clave, la necesaria que bien merece ser revisada y ajustada tras nuevas horas de edición, para conseguir un mejor producto. Quizás moviendo algunas escenas finales para el comienzo y que vayan paralelas.
Desconozco la solución definitiva, pero sí creo en que el audiovisual es perfectible. La historia del cine tiene varios ejemplos a seguir de películas versión autor, y versión industria. Hágase la debida justicia.
