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Cien agostos de una presencia

Hay hombres que jamás resultan ausencias. Se marchan del mundo, pero permanecen en la memoria de los pueblos; se apaga la voz, pero quedan las ideas; desaparece el cuerpo, pero sobrevive la obra. Fidel Castro pertenece a esa estirpe que no necesita monumentos para permanecer, porque dejaron su huella en un lugar mucho más perdurable: la vida de su pueblo.

Cien agostos después de su nacimiento, Fidel sigue siendo, para millones de cubanos, un pilar de la Revolución que ayudó a construir. Su vida, sus esfuerzos, sus aciertos y también las enormes batallas libradas, están inseparablemente ligados a esa obra que convirtió en razón de existencia.

Él mismo lo había anunciado, cuando apenas comenzaba su combate, frente a un tribunal que pretendía juzgar sus sueños: “La historia me absolverá”.

Y la historia, que nunca es un tribunal sencillo, continúa escribiendo sus páginas. Hoy es el pueblo quien mantiene vivo su legado.

No quiso honores. No pidió estatuas que lo eternizaran en mármol. No necesitó avenidas con su nombre para sentirse presente. Su mayor monumento fue otro: la escuela abierta para quien antes no podía estudiar, el médico que llegó hasta donde nunca había llegado, el niño que pudo aprender a leer, el joven que encontró una oportunidad, el pueblo que aprendió a defender su soberanía como un bien que no se entrega.

Su obra quiso mirar hacia los humildes, hacia esos “pobres de la tierra” a los que Martí consagró su existencia.

Y acaso por eso una de las imágenes más hermosas de su legado pueda encontrarse lejos de cualquier plaza: en las aulas donde jóvenes de América Latina encontraron una posibilidad que sus propias circunstancias les negaban.

La Escuela Latinoamericana de Medicina fue también eso: una puerta abierta. Miles de jóvenes llegaron a Cuba con sueños que parecían demasiado grandes para sus tierras y regresaron convertidos en profesionales, llevando consigo algo más que conocimientos. Regresaron con la memoria de una isla que, aun en medio de sus propias dificultades, decidió compartir lo que tenía.

Porque internacionalismo, para Fidel, nunca fue una palabra vacía. Fue tender la mano. Entender que la solidaridad no pregunta primero cuánto puede recibir, sino cuánto puede dar. Fue hacer suyo aquel mandato martiano de andar “en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes”, convencido de que los pueblos, cuando se reconocen hermanos, pueden convertir la unidad en fuerza y la dignidad en bandera.

Ahí estaba también su manera de entender la soberanía: como el derecho de Cuba a decidir su propio destino; como defensa de la independencia; como afirmación de que ningún pueblo debería ser demasiado pequeño para soñar, ni demasiado pobre para aspirar a la justicia.

Patriotismo e internacionalismo no fueron para él caminos opuestos. Se encontraron en una misma convicción: amar profundamente a la patria sin odiar a los demás pueblos.

Fidel miró más allá del mar que rodea a Cuba. Y desde esa pequeña porción de tierra, tantas veces desafiada por la historia, intentó alumbrar con su particular faro de convicciones otros caminos de solidaridad, independencia y justicia.

Han pasado los años. La voz se convirtió en recuerdo. Las imágenes se hicieron fotografías. Las plazas guardaron. Pero hay presencias que no dependen de los calendarios.

Porque un hombre puede morir y, sin embargo, permanecer cuando sus ideas encuentran dónde echar raíces. Puede desaparecer físicamente y seguir caminando en las manos de quienes continúan una obra, en la memoria de quienes lo conocieron, en los libros que cuentan su tiempo y hasta en las discusiones de quienes cuestionan su legado.

Porque también eso significa trascender: provocar que las generaciones sigan preguntándose quién fue, qué quiso hacer y qué queda de aquel sueño.

Cien agostos después, Fidel sigue siendo una presencia amada, defendida, cuestionada y, sobre todo, imposible de ignorar en la historia contemporánea de Cuba.

Pero quizá la mejor manera de comprender su permanencia no esté en las grandes palabras. Está en el rostro de un anciano que recuerda. En el médico que cura. En el maestro que enseña. En el joven que sueña con un país mejor. En la memoria de quienes creen que una nación puede levantarse, incluso, cuando está cercada.

Y mientras un pueblo conserve el legado de sus luchas, sus sueños y sus contradicciones; mientras haya hombres y mujeres dispuestos a defender la dignidad, la soberanía, la solidaridad y la justicia, aquella presencia seguirá habitando en la historia. No en el mármol, no en el bronce, sino en la memoria viva de Cuba.

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