El 4 de mayo de 1978 quedó grabado en la memoria del sur de África. Aquel día, el cielo de Cassinga se vistió de gris y pájaros de muerte surcaron el espacio.
No hubo aviso para la indefensa población de refugiados. Tampoco existía un escondite seguro para niños, mujeres y ancianos que habitaban aquel maltrecho campamento. No había armas. No había militares. Lo que había era hermandad. Y sueños en los cuerpos infantiles.
En pocos segundos, la apacible vida del campamento cambió para siempre. Los ojos desorbitados —que parecían salirse de sus cuencas— no lograban explicarse el porqué. Solo el miedo. Solo el dolor. Sueños destrozados por las explosiones. Cuerpos mutilados. Gritos de espanto. Columnas de humo y el tronar de las bombas fueron el llamado de auxilio.
Apenas 16 kilómetros más allá estaban los valientes que no dudaron. A pecho descubierto corrieron en auxilio de aquella gente inocente. Pero la masacre ya estaba consumada. Sobre el suelo de cenizas calientes, más de 600 namibios muertos —la mayoría niños y mujeres— quedaron tendidos. Cassinga se convertía así en una herida imborrable.
Los soldados de las compañías 2 y 3 de la defensa antiaérea cubana no tenían una orden superior de intervenir. No era su batalla. Pero la dignidad y el altruismo no necesitaban órdenes escritas. La orden se la dictó la conciencia: defender a la población civil que estaba siendo atacada por aviones enemigos. Rescatar con vida a niños, mujeres y ancianos era más que una consigna: era el grito en los pechos varoniles que se fundieron con el silbido del combate.
Fueron horas de angustia devastadora. Gritos de guerra que marcaban posiciones certeras de defensa. Una cruenta batalla que cobró 16 vidas de valerosos cubanos. Entre ellos, ocho eran avileños.
Cassinga, el Guernica de Namibia
En ambos casos, la aviación arrasó vidas inocentes sin objetivo militar legítimo. Guernica (1937) fue bombardeada por la Legión Cóndor alemana y la aviación italiana. Cassinga (1978), por la Fuerza Aérea Sudafricana. En ambos, el cielo se volvió gris y los pájaros de muerte no distinguieron entre niños, mujeres o ancianos.
Pero hay una diferencia esencial que pocos conocen. Mientras Guernica quedó inmortalizada por el pincel de Picasso, Cassinga sobrevive en la memoria gracias al pecho de 16 cubanos que, sin esperar órdenes, dieron su vida por defender la vida de seres inocentes. Ocho de ellos eran avileños. Ninguno pidió un cuadro. Ellos son la memoria viva, la verdad de la masacre.
Hoy sus cenizas descansan tras los mármoles grises del panteón. Solo físicamente. Porque su grandeza trasciende, su valor se multiplica y labran el camino para que el sacrificio de Cassinga continúe siendo puente entre Cuba y Namibia.
