Es jueves, son las 2:40 de la tarde y María Elena Llana Castro, Premio Nacional de Literatura 2023, casi llega tarde al homenaje que recibirá por sus 90 años.
Desde la calle, el calor penetra a su apartamento en el Vedado, muy próximo al malecón habanero. Pero a medida que uno se adentra en su casa –y conoce a la propietaria– parece que la inmersión es, en realidad, en uno de sus cuentos fantásticos.
La cita acontecerá en la librería Fayad Jamís, en la Habana Vieja, donde la espera el periodista Fernando Rodríguez Sosa, quien moderará El elogio oportuno. No es casualidad: ella fue la primera invitada de este espacio, que celebra a escritores, libros, hechos históricos e instituciones que arriben a un aniversario cerrado.
Hay que ver con qué esmero se prepara: elige una blusa azul muy elegante (confiesa que la estrena), zapatos y pantalones negros, y presume de su peinado. Apresuradamente, afila un lápiz para cejas y prosigue con los últimos retoques.
«Niñito, ¿me puse mucho maquillaje?», pregunta con cierta picardía. «Claro que no», le respondo. Abandonamos su casa y el carro emprende rumbo a la librería. Con el mismo estilo humorístico que emplea en sus cuentos, hace algún chiste durante el viaje. Luego, en silencio, contempla la vista desde la ventanilla y se pregunta en voz alta el sentido de este homenaje.
Las divagaciones se esfuman pronto. Sabe que vale la pena asistir: la acompañarán Fernando, su amigo por casi cuatro décadas; la investigadora Zaida Capote Cruz, y el ensayista Jorge Ángel Hernández. Ellos disertarán sobre su obra en una librería que, para sorpresa de la escritora, está repleta de personas.
Y allí deja entrever su agradecimiento a quienes, sin importar las contrariedades cotidianas, se reúnen para escuchar las historias de una mujer que ha cultivado, como pocos y entre muy pocos, la narrativa fantástica insular.
¡Como se siente el peso de su nostalgia! Con qué sutileza –y hondura– habla de sus estudios en la Escuela de Periodismo Manuel Márquez Sterling y en la Academia de Bellas Artes San Alejandro. En apenas dos horas recorre todo el camino andado, donde se dejó la vida entera…
Nadie difiere de los comentarios de los especialistas: Fernando alaba su labor de varias décadas en la prensa escrita, la radio, la televisión y las agencias de noticias, así como su desempeño como guionista de programas radiales y televisivos.
La homenajeada, por su parte, agrega cuán importante fue su paso por la radio en su desempeño como escritora, pues le permitió el contacto con los grandes clásicos de la literatura universal, al versionarlos al lenguaje radiofónico.
Seguidamente, Zaida Capote no vacila en definirla como una de las autoras fundamentales de las letras cubanas y recuerda que en La reja (1965), su primer libro, aparecen buena parte de las coordenadas que caracterizarían su obra posterior.
En sus páginas, añade, está el cuento Nochemala, que la investigadora compiló en Vindictas. Cuentistas cubanas (México, 2025), junto a otras 33 autoras de la geografía nacional: «Es de las literatas más disciplinadas y fue la única que le hizo correcciones a su cuento. Eso quiere decir que todavía María Elena se sigue cuestionando a sí misma como escritora».
Había que ver cómo se esbozaba una sonrisa al escuchar cada uno de los elogios, a los que se sumó Jorge Ángel, refiriendo la originalidad en la autora de Casas del Vedado (1983), su texto más logrado –según la crítica– que la situó en el epicentro de la cuentística cubana de la época.
Él dice que, de existir igualdad de condiciones, Llana Castro sería tan digna de una candidatura al Premio Nobel de Literatura, como lo fue Alice Munro, escritora canadiense maestra del relato corto. Con certeza, «sabe lo que es la literatura» y todavía debemos saldar la deuda que tenemos con su obra, insuficientemente estudiada.
«¿Quién es María Elena?», pregunta Fernando para cerrar el encuentro: «Una mujer que, pese a los golpes de la vida, ha llegado realizada a sus 90 años», responde la homenajeada.
Fuertes aplausos inundan la sala, señal de que el encuentro ha sido memorable. Algunos asistentes se acercan para felicitarla, mientras otros aguardan con un libro en la mano para que ella lo firme. Entre ellos, una joven universitaria le declara amar sus cuentos. Cuando llega su turno, la autora desliza suavemente la pluma y, debajo de su firma, le anota su número de teléfono.
De vuelta a casa, María Elena comenta lo mucho que disfrutó el encuentro y hasta cómo se alivió de los achaques de la edad. Hace una lista de pendientes para la próxima visita: nuevos libros –pues insiste en leer a autores desconocidos–, periódicos, crucigramas y un file, con poemas que revisará.
Ella cierra la puerta, pero antes, como siempre, da un beso en la mejilla. Es un beso de 90 años, un beso de María Elena Llana.
