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Partido entre los equipos de Las Tunas (uniforme rojo y verde) y Matanzas (uniforme amarillo y rojo), en el cuarto juego de la final de la 64 Serie Nacional de Beisbol, en el Estadio Latinoamericano, en La Habana, Cuba, el 14 de febrero de 2026. FOTO: Roberto Morejón Rodríguez/Periódico JIT (Cuba)

Serie Nacional de Béisbol: La rebelión de los Cocodrilos

No fue una simple serie de playoffs. Fue una declaración de principios.

Los Cocodrilos de Matanzas, con el estigma de ser siempre el equipo sólido pero a veces discreto, se transformaron en una aplanadora implacable cuando la presión encendió las luces más brillantes de la 64 Serie Nacional de Béisbol.

Su paso por la postemporada fue un vendaval: 12 juegos, 10 victorias y dos barridas que aún resuenan en el imaginario de la afición cubana. La segunda de ellas, la más dulce y significativa, fue la protagonizada ante el hasta entonces campeón en la Gran Final: un nocaut histórico que destronó al rey y vistió de cocodrilo la cima del béisbol cubano.

El éxito tuvo una fórmula reconocible desde el vestidor: la combinación perfecta entre la experiencia curtida en ligas extranjeras y el ímpetu de una camada de jugadores hambrientos de gloria.

Figuras como Yurisbel Gracial, con su elegancia y poder adquiridos en Japón, se erigieron en el ancla emocional y ofensiva del equipo. A su lado, el cañón de Ariel Martínez y la sabiduría monticular del veterano Yoanni Yera fueron faros en la tormenta de la postemporada. Mientras tanto, Armando Dueñas, el cerrador de sangre fría, se encargó de apagar cualquier intento de rebelión rival en los momentos cruciales.

Pero la grandeza de esta gesta también se escribió con nombres que representan la cantera y la garra matancera. Eduardo Blanco, el capitán, no solo brilló con el madero —acumuló 17 carreras impulsadas en la fase clasificatoria—, sino que lideró con el ejemplo en el campo.

La solidez defensiva del equipo, la mejor de todo el campeonato con un impresionante promedio de 980, tuvo en el antesalista Luis Ángel Sánchez y en el máscara Andy Pérez a dos de sus principales exponentes, convirtiendo cada error ajeno en una oportunidad de oro.

Yamichel Pérez y Chaiel Cruz aportaron frescura y dinamismo en roles específicos, demostrando que la profundidad de la nómina era un lujo que pocos podían permitirse. Hombres como Angelo Videt y otros peloteros de un roster cohesionado entendieron a la perfección su rol, sumando desde la banca y en los entrenamientos para que la máquina no dejara de rugir.

El equipo de Ferrer —quien tiene un enorme mérito en el triunfo— no era un conjunto de individualidades, sino un engranaje perfecto donde cada pieza, desde el estelar hasta el utility, resultó determinante para alcanzar la gloria.

La 64 Serie Nacional de Béisbol, coronada por la apabullante actuación de Matanzas, dejó un sabor agridulce que refleja fielmente el momento que vive el béisbol cubano.

Por un lado, el espectáculo en el terreno demostró tener destellos de calidad y una competitividad que mantuvo la atención hasta el final. Sin embargo, más allá del rugido de los Cocodrilos en la final, el torneo evidenció problemas estructurales profundos que no pueden ignorarse.

La cantidad de jugadores considerados «improvisados» o «no profesionales» generó polémicas y sanciones que empañaron la credibilidad del campeonato. Mientras tanto, las gradas, antaño repletas de pasión, mostraron una preocupante tendencia al vacío, incluso en series particulares, reflejando el desencanto de un público que ya no se siente plenamente identificado con el espectáculo.

La 64 Serie Nacional fue el espejo de un enorme esfuerzo del país por llevarla adelante en medio de serios problemas económicos y estructurales.

Pero me quedo con el final. Matanzas nos regaló la gesta memorable de unos Cocodrilos que jugaron a un nivel supremo, demostrando que en Cuba se puede hacer béisbol de alta factura cuando el talento, la experiencia y el corazón se alinean en una misma dirección.

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