Los fines de años de mi infancia permanecen intactos en mis recuerdos. Pasan ante mí como magníficas escenas de una película que deseo disfrutar una y otra vez.
Llenos de juegos, de la felicidad que trae una familia reunida que entre cuentos y risas preparaban el festejo más grande del año, que en pocas horas, dejaría de existir y dejaba aparecer al otro recién hecho, para el que siempre teníamos reservada una lista de todo lo que de él quería.
Cuando comenzaba el conteo regresivo y unos lanzaban agua a la calle, corrían a abrazarse, y alrededor del muñeco, que en instantes ardería reíamos de emoción, yo aprovechaba el último segundo para lanzar al universo mis más caros anhelos, para pedir a Dios los deseos de mi corazón.
A mi padre no le gustaba la tradición de mis tíos de quemar un muñeco que representa a el año que quedaba atrás, siempre decía que no iba a quemar lo malo que pudo haber vivido, que solo quería agradecer por todo lo bueno que recibió y sacar lecciones y crecimiento de lo que fue doloroso y adverso.
En estos días he visto patios hasta con más de dos muñecos, será porque el difícil año, verdaderamente, ha resultado como si hubiéramos vivido más de 365 días, en medio del agobio que ha asfixiado a una Cuba que se niega a dejar de ser este país inmenso que abraza a sus hijos, como madre amorosa, y que en esta hora necesita del amor y el desvelo de todos.
¿Si quemamos todo lo malo que nos ha acontecido cómo sabremos que lo bueno que nos resta no será también cenizas?
Sin romanticismos cegadores, sin optimismos dañinos, sin triunfalismo por decretos, podemos mirar el algo bueno que nos deja y sacar reluciente de él mucho de lo que, quizás por común o por no darle el valor verdadero que tenga, no apreciamos, pero nos hizo felices, nos trajo paz y sosiego, nos devolvió la esperanza, nos hizo dormir tranquilos, nos demostró que el amor y la fe lo pueden todo y que vale la pena seguir aquí esperando nuevos comienzos.
El 2025 se esperaba con ilusiones, aún a sabiendas de que no sería fácil; resultó un año de los peores desde 2019; signado por las carencias más crudas, por el odio que nos llega desde otras orillas, y el que ha ido naciéndole a esta tierra por más que nos duela aceptarlo.
Días en que las agua y el viento arrasaron a su paso, en que las enfermedades se enseñorearon en medio de un panorama desolador, en que el esfuerzo y desvelo de muchos no fue suficiente para salvarlo todo, para salir intactos de tantas carencias, para recomponer lo que se ha fragmentado. Hubo malas noticias llegadas de todas partes, dolor por la traición de quienes debían cuidar del país y de sus buenos hijos; sanciones, inmerecidas siempre, que no dejan llegar lo necesario, que nos cercan y pretenden aislarnos.
Un año de esos que algunos quisieran que volara, en que parece que duran muchas horas más los días, en medio de la falta de energía, de alimentos y medicinas.
Un año en que amanecer era difícil y enfrentar los días un verdadero acto heroico, un recordatorio de que cuesta vivir en un mundo marcado por guerras y desastres de todo tipo.
Y estamos aquí. A las puertas de otro año que nos regala cada uno de sus días, sin promesas, sin la certeza de que todo aparecerá con tan solo un chasquido de dedos; un año en que crecer será la meta y en que el trabajo duro podrá hacer la diferencia.
Pudiera preferir no pedir nada, y a penas aceptar lo que aparezca; pudiera desperdiciar ese último segundo casi mágico, en que sin que nada cambie ya estamos comenzando a deshojar otro almanaque; pero no quiero.
Tengo mi lista de deseos reservada, porque quiero fuerzas para los que sufren, salud para los enfermos y piedad para los que se equivocan.
Anhelo una Cuba que florezca con el trabajo de sus buenos hijos, que la mimen y sanen sus heridas; que la salven de olvidos y traiciones y le devuelvan lo que ha perdido.
Paciencia para enfrentar los males; sabiduría para los que toman decisiones; arrepentimiento para los que odian y deshacen; y bendiciones para los que fundan.
Quiero puentes que sustituyan muros, agua solo a la medida; niños más protegidos que nunca, viejos amparados después de haberse dado enteros.
Quiero amor y bondad, porque son el antídoto perfecto contra todo dolor; brazos fuertes y corazones dispuestos para convertir cada día en un verdadero regalo; para levantar lo que yace dormido; empuje para enfrentarlo todo.
Quiero valor para la búsqueda incansable del bien y la justicia, de la belleza y la alegría; determinación para intentarlo todo, para que cada segundo del año que toca a nuestras puertas, sea la oportunidad perfecta para alcanzar el sol y ponerlo a brillar en el pecho de Cuba.
