- Puzzle, es un poema impresionista que explora la fragmentación de la identidad a través del duelo, la memoria y la ausencia
No necesita ser genial para llegue a cautivar a su auditorio. No tiene que estar publicado en libro, antología o revista, para que sea memorable. Basta con que venga de las manos y el alma de una mujer que sabe asombrar y lo consigue desde su literatura, con toda la ingenuidad y todo el talento.
Puzzle emerge como un caleidoscopio emocional en el que la fragmentación no es solo un recurso estilístico, sino el eje del discurso lírico. Desde su primer verso —“Últimamente me compongo de retazos”—, la autora despliega una voz que se reconoce a sí misma como ente incompleto, compuesto por los escombros afectivos de lo que ha sido amado, perdido o confiado. La repetición de “Últimamente” actúa como un pulso rítmico que marca el deterioro progresivo de una identidad que ya no se sostiene en su integridad, sino en la acumulación de ausencias. Esta estructura reiterativa, lejos de caer en la monotonía, funciona como un eco interior que resuena con creciente intensidad, imitando el modo en que la memoria insiste en regresar a las heridas sin cicatrizar.
La forma del poema, libre y fluida, se erige como un reflejo directo de su contenido: no hay métrica fija ni rima obligada, porque el alma que habla no obedece a normas, sino a la urgencia de nombrar lo innombrable. Cada verso se asemeja a una pieza suelta de ese puzzle, con bordes irregulares y formas impredecibles. Y es precisamente en esa irregularidad donde radica su belleza: la autora no busca ordenar el caos, sino darle voz. El uso de imágenes sensoriales —“madres muertas entre las fracturas de un músculo que no oxigena”, “juguetes zurcidos”, “lagrimales de otros niños”— evoca una sensibilidad casi pictórica, como si cada metáfora fuera un trazo de color en un lienzo expresionista donde el dolor se pinta con tonos apagados pero vibrantes de significado.
Uno de los mayores logros poéticos de Puzzle reside en su capacidad para transformar lo cotidiano en símbolo trascendental. Los objetos mencionados —fotos en paredes desgastadas, zapatos usados, aretes— dejan de ser meros utensilios para convertirse en reliquias de una existencia compartida. Estos detalles, aparentemente triviales, adquieren una carga simbólica inmensa: son los vestigios tangibles de vínculos rotos, los únicos testigos de una historia que ya no tiene narrador. La autora emplea el objeto conyugado a la memoria como estrategia mnemotécnica del duelo, mostrando cómo el cuerpo guarda lo que el tiempo intenta borrar. En este sentido, el poema se convierte en un acto de resistencia contra el olvido.
Además, la dicotomía entre composición y descomposición atraviesa todo el texto como un latido dual. “Me descompongo con más prisa que las que logro componerme”, confiesa la voz lírica, revelando una conciencia aguda de su propia fragilidad. Este contraste no solo subraya la tensión entre construcción y destrucción, sino que también sugiere una temporalidad distorsionada: el tiempo ya no avanza linealmente, sino que se repliega sobre sí mismo, desmontado “de su eje principal”. Aquí, la autora juega con la noción de cronos y kairós, mostrando cómo el trauma suspende la experiencia del tiempo histórico y la sustituye por una eternidad de instantes rotos.
El lenguaje de Brizaída de la Nuez Hernández posee una musicalidad íntima, casi susurrada, que contrasta con la crudeza de sus imágenes. No hay gritos, pero sí una contención que multiplica el impacto emocional. Las enunciaciones breves, los silencios implícitos entre versos, y la ausencia de conectores lógicos refuerzan la sensación de desconexión que el poema denuncia. Sin embargo, en medio de tanta fractura, persiste un hilo de esperanza: “la esperanza de que algún día, todas las piezas vuelvan a encajar”. Este final no es ingenuo, sino profundamente humano; no promete restauración, sino posibilidad. Y en esa posibilidad reside la verdadera fuerza del poema: no resignarse al desorden, sino seguir buscando formas, aunque nunca sean las mismas.
Así, soy de los que creen que Puzzle tiene la capacidad de condensar la complejidad del duelo colectivo e individual en una voz que, aun rota, sigue hablando. Brizaída de la Nuez Hernández no solo domina los recursos poéticos —anáfora, metáfora, sinestesia, elipsis—, sino que los pone al servicio de una exploración íntima y universal sobre la pérdida, la memoria y la identidad. El poema no se limita a describir un estado anímico; lo encarna, lo hace palpable, lo convierte en experiencia compartida. Y puzzle no es solo un título, sino una invitación: a mirar nuestras propias piezas sueltas y reconocer en ellas la belleza de lo imperfecto, lo inacabado, lo profundamente humano.
