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El aprovechamiento del capital simbólico puertorriqueño (pero latinoamericano, por extensión) ha constituido una lección de respuesta a la guerra cultural. Foto: Getty Images

El arte responde: «Lo único más poderoso que el odio es el amor»

Solo una semana después de sus fortísimas declaraciones en la entrega de los Premios Grammy, de las cuales dimos cuenta el pasado miércoles en Granma por medio del comentario titulado El desprecio creciente de la comunidad artística a Trump, el artista urbano puertorriqueño Benito Antonio Martínez Ocasio (Bad Bunny) volvió a propinarle una estocada al poder imperial, en el concierto de medio tiempo de la Superbowl: final de la Liga de Fútbol Americano

Solo una semana después de sus fortísimas declaraciones en la entrega de los Premios Grammy, de las cuales dimos cuenta el pasado miércoles en Granma por medio del comentario titulado El desprecio creciente de la comunidad artística a Trump, el artista urbano puertorriqueño Benito Antonio Martínez Ocasio (Bad Bunny) volvió a propinarle una estocada al poder imperial, en el concierto de medio tiempo de la Superbowl: final de la Liga de Fútbol Americano.

Sus palabras, orgullosamente expresadas en idioma español –así como los símbolos manejados en el diseño del espectáculo–, han dado la vuelta al mundo, granjeándose la simpatía de una cada vez mayor cantidad de personas que deplora la curva fascista de EE. UU. bajo la administración de Donald Trump.

Y recibieron su mejor recepción, por supuesto, dentro de esos casi 668 millones de latinoamericanos, originarios de pueblos hacia los cuales el actual Gobierno yanqui no oculta en modo alguno su desprecio y a los que humilla mediante políticas racistas, eugenésicas y malthusianistas, a lo puro Tercer Reich.

Los latinoamericanos representan un blanco especial (contra ellos se registran nueve de cada diez detenciones del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, ICE) de la barbárica cacería de migrantes, con redadas, detenciones y deportaciones masivas.

Ninguno se salva de la beligerancia, prepotencia, arrogancia o el desdén del trumpismo por los pueblos de América Latina; ni siquiera colonias yanquis, como Puerto Rico, que ha sufrido –y sufre–, continuados cortes eléctricos por largos años, fenómeno descrito por Bad Bunny en su tema El apagón, entonado en el evento.

El cantante ha sido el caballo de Troya que se ha metido en las mismas válvulas del corazón cultural de EE. UU., mediante 13 minutos de actuación cuyo aprovechamiento del capital simbólico puertorriqueño (pero latinoamericano, por extensión) ha constituido una lección de respuesta a la guerra cultural que, también, desatan a nuestros pueblos con fuerza mayor.

Estuvieron estos 13 minutos respaldados por una frase dominante sobre el estadio Levi´s, de Santa Clara, California: «Lo único más poderoso que el odio es el amor», diez palabras que son una declaración de resistencia a quienes dirigieron la entrada a esta época tan aciaga de la política estadounidense, signada por el odio más cerval a la diferencia, a las autoctonías del continente, su gente, sus historias, sus costumbres e idiosincrasia. Signada por el odio a la misma gente que entregó sudor y vida en construir la nación del Norte, pues 68 millones de latinos viven hoy día allí.

Reza el estribillo de la canción Lo que le pasó a Hawai –perteneciente a Debí tirar más fotos, Grammy al Álbum del Año y uno de los temas de mayor carga política de dicho disco–, interpretada por Ricky Martin en la Superbowl: «Quieren quitarme el río y también la playa. Quieren al barrio mío y que abuelita se vaya. No, no suelte la bandera ni olvide el lelolai. Que no quiero que hagan contigo lo que le pasó a Hawai».

Es muy significativo, también, que tantos millones de personas hayan escuchado dicha canción el domingo, porque más que una referencia a Puerto Rico, tal himno supone una carta de advertencia continental sobre lo que nos puede pasar a cualquiera, si no nos unimos, integramos, defendemos nuestra herencia cultural y resistimos a los intentos de dominar el mundo del trumpismo.

Debemos creer en el mejoramiento humano, como también en el artístico. Aunque el firmante de este comentario publicó airados artículos en el pasado sobre las letras del reguetonero puertorriqueño, hoy debe reconocer que su toma de conciencia política es de veras encomiable y muy digna de imitar.

Resulta especialmente significativo, al suscitarse en el representante de un sector de la música rendido en buena parte al poder hegemónico, al colonialismo cultural. En medio de tanto reguetonero proimperial, cobarde y traidor a sus raíces, el de Benito Antonio es un ejemplo de valentía y clarividencia.

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