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Déborah Chinea González: el amor que se escucha detrás del micrófono

Hay quienes llegan a la radio por casualidad. Otros, porque alguien descubrió en ellos una voz, una sensibilidad o un talento que merecía ser escuchado. Y hay quienes, con el paso de los años, terminan convirtiendo la radio en parte esencial de su vida. Déborah Chinea González pertenece a ese grupo.

Lleva 35 años vinculada a la radio y 33 de ellos —prácticamente una vida— dedicados a El Almanaque, uno de esos espacios que terminan formando parte de la memoria afectiva de los oyentes.

Pero antes de convertirse en la voz que tantas personas reconocen al otro lado del receptor, hubo una joven que tuvo que vencer sus propios temores y abrirse camino en un medio que terminaría convirtiéndose en su segunda casa.

Para llegar a Radio Surco contó con el apoyo de su entrañable hermano José Antonio González Morales (Toñy) y de Ibrahim Ulloa, entonces director de El Almanaque, quienes supieron reconocer sus posibilidades. Este último le abrió una puerta que ella atravesó con decisión. También tuvo maestros que marcaron su formación, entre ellos Cecilia Rodríguez Saavedra y Miguel Pérez Rosabal.

Y después llegó la práctica, el aprendizaje cotidiano, la responsabilidad de hablarle a un público que, aunque no puede verse, siempre está ahí.

“Radio Surco, para mí, es una palabra mayor, porque es mi segunda casa”.

Lo dice con la certeza de quien no habla solamente de un centro de trabajo. Habla de un lugar donde ha reído, ha aprendido, ha crecido y también ha enfrentado momentos difíciles.

Porque hacer radio no siempre significa estar bien. A veces significa precisamente lo contrario: aprender a guardar el dolor durante unos minutos para cumplir con quienes esperan del otro lado una voz cálida, alegre y cercana.

Déborah lo sabe mejor que nadie. Recuerda aquellos momentos en los que, aun atravesando situaciones familiares dolorosas, debía entrar a la cabina y convertirse en la locutora alegre que sus oyentes conocían.

Una vez, mientras atravesaba el dolor por la pérdida de un ser querido, hizo su programa como siempre. Frente al micrófono, sonreía. Al salir de la cabina, lloraba en el pasillo.

“Yo me reía frente al micrófono y, al salir, lloraba en el pasillo”.

La frase revela una de las dimensiones más exigentes del oficio: la capacidad de separar por un instante el dolor propio de la responsabilidad profesional. Porque, como ella misma aprendió, a la radio no se llevan los problemas de la casa. No porque quien hace radio no los tenga, sino porque al otro lado hay un público que merece recibir lo mejor.

Y ese público ha sido siempre la razón principal de Déborah. Ella asegura que nunca trabajó para los premios. Trabajó para sus oyentes. Pero los premios llegaron. Muchos. Reconocimientos obtenidos en festivales nacionales de radio, en los que competían artistas y profesionales de todo el país. También obtuvo distinciones como actriz radial, especialmente en los primeros años de su carrera.

Todavía recuerda la emoción de aquel momento en que Luis Pardo Sanabría, uno de sus directores, le comunicó que había obtenido un premio nacional. No podía creerlo. Quizá porque, para Déborah, el verdadero premio siempre estuvo en otra parte: en la relación con quienes la escuchaban.

“Después de mis hijos, mi amor más grande es la radio”.

Y en esa declaración caben tres décadas y media de entrega. También caben los grandes maestros que encontró en el camino. Entre ellos, uno ocupa un lugar especialmente valioso: Alberto Pardo Companionis, figura imprescindible de la radio avileña y Artista de Mérito de la Radio Cubana.

Hablar de Pardo la emociona. Lo considera un maestro extraordinario y reconoce cuánto aprendió a su lado: la técnica, la expresión, la disciplina radial y, sobre todo, el rigor necesario para hacer bien cada programa. Pero aquella relación profesional terminó convirtiéndose también en una experiencia profundamente humana. Déborah estuvo junto a Pardo durante sus últimos días de vida. Por eso, cuando habla de él, no lo hace solamente desde la admiración hacia un gran radialista, sino desde el afecto y la gratitud de quien tuvo el privilegio de aprender directamente de uno de sus grandes maestros.

La radio también le permitió explorar diferentes facetas. Ha sido locutora, actriz y realizadora de numerosos programas. Ha incursionado en espacios informativos y de facilitación social; ha disfrutado especialmente de las crónicas y reconoce que solo le queda una asignatura pendiente: la narración deportiva.

Pero si hay un espacio que ha acompañado buena parte de su historia profesional, ese es El Almanaque. Treinta y tres años vinculada a ese programa son mucho más que una cifra. Son miles de horas frente al micrófono, incontables historias, voces, personajes, emociones y encuentros con los oyentes. Son también una parte de la historia de Radio Surco.

El próximo 10 de octubre, la emisora cumplirá 74 años. En esos 74 años también se resumen su trabajo y su huella como parte de esa historia que la emisora ha construido durante más de siete décadas.

Porque algunas personas pasan por la radio. Otras dejan su voz en ella. Y existen aquellas que, después de tantos años, consiguen algo todavía mayor: convertirse en parte de la memoria de quienes las escucharon.

Déborah Chinea González es una de ellas. Una mujer que aprendió que detrás de un micrófono no siempre se puede mostrar lo que duele; que la profesión exige disciplina, sensibilidad y entrega; y que hacer radio, aunque no siempre sea fácil, puede ser profundamente hermoso.

Por eso, cuando habla de Radio Surco, no necesita demasiadas explicaciones. Es su segunda casa. Su gran amor después de sus hijos. Y quizá, después de 35 años, la mejor manera de definir su relación con la radio sea esta: no solamente ha dedicado buena parte de su vida a hacer radio; ha aprendido a vivir a través de ella.

 

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