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Un golpe de realidad: cuando 36 carreras sacuden los cimientos del béisbol cubano

Lo sucedido este sábado en la Champions League de Béisbol en México no es simplemente una derrota; es un terremoto. Que los Diablos Rojos del México le anotaran 36 carreras a los Cocodrilos de Matanzas no es un marcador cualquiera: es una estadística para el récord, pero sobre todo, un símbolo brutal de la distancia que hoy separa al béisbol cubano del que se juega en otras ligas profesionales.

Tal pareciera que el béisbol cubano ha tocado suelo, y no precisamente para deslizarse en una almohadilla. Ha chocado contra una realidad que muchos en la isla intuían pero pocos querían asumir tan crudamente.

Matanzas no es un equipo menor; es el actual campeón de la Serie Nacional Cubana, el representante de una tradición que durante décadas fue sinónimo de calidad y orgullo. Que un equipo así reciba 36 carreras en un deporte donde un juego de 10 ya se considera golpiza es una señal de alarma que trasciende lo deportivo.

¿Qué explica esta paliza histórica?

Inevitablemente, este resultado es una mirada a la Serie Nacional Cubana y ratifica el bajo nivel vigente y los cambios que necesita la liga.

Frente a equipos que juegan temporadas de 90 o 120 juegos con ritmo profesional diario, los conjuntos cubanos llegan en desventaja física, de profundidad de roster y de calidad competitiva.

Un juego de 36 carreras expone no solo fallos puntuales, sino un colapso de fondo: el pitcheo regaló 19 bases por bolas y simplemente no pudo contener una ofensiva acostumbrada a enfrentar lanzadores de mayor calibre día tras día. Basta decir que el pitcheo cubano permitió 69 carreras en cuatro juegos, a un promedio de 17 anotaciones por partido.

La Champions League, esta nueva liga continental, está dejando ver que el béisbol latinoamericano ya no tiene un solo centro de poder. México, con su Liga Mexicana de Béisbol —triple A en esencia pero con recursos de Grandes Ligas en algunos casos—, y países como Colombia, Panamá o Nicaragua, han crecido aceleradamente. Cuba, en cambio, llega con las manos atadas por su contexto económico, y eso tiene incidencia en lo deportivo.

Cuando un marcador como este se produce en un escenario internacional, el golpe no es solo en el marcador, sino en el prestigio de una escuela que formó a leyendas como Omar Linares, Antonio Muñoz, Luis Giraldo Casanova, Braulio Viñet, Rogelio García o José Antonio Huelga, entre otros.

Más que una humillación, es una llamada de atención

Lejos de buscar demérito para Matanzas —que seguramente dio lo mejor que tenía en el terreno—, este resultado debe invitar a una reflexión estructural. El béisbol cubano necesita con urgencia repensar su inserción en el circuito profesional internacional. No se trata solo de permitir el regreso de los peloteros que están fuera, sino de modernizar nuestra liga, de realizar cambios estructurales y entender que, de no hacerlos ya, el aislamiento competitivo termina por pasar factura en resultados así de escandalosos.

Para los aficionados cubanos, ver una pizarra con un (36-13) duele como pocas cosas. Porque ese marcador no solo habla de carreras, habla de la erosión de una hegemonía que durante años fue motivo de orgullo nacional. Y para el béisbol mexicano es una confirmación de que sus equipos ya no son solo animadores, sino protagonistas con poder de sobra para dar lecciones de poderío ofensivo.

En definitiva: lo de los Diablos Rojos no fue una simple victoria. Es una demostración de poderío en el béisbol mexicano actual.

Queda por ver si Cuba lo toma como un accidente o como el inicio de un cambio necesario. Porque si algo deja claro un (36-13) es que en el béisbol actual la historia pesa, pero el presente se gana con recursos, preparación, apertura y con cambios en los cimientos de nuestra pelota.

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