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«Yo luché para liberar a Cuba no para gobernarla»

El Generalísimo Máximo Gómez  envainó por última vez su machete en 1898, después de más de treinta años de guerra y alrededor de 235 combates en los que recibió solo dos heridas.

Pero en la etapa final de su vida se enfrentaría a otras circunstancias que pondrían a prueba toda su integralidad política y moral, cuando parecía que se consagraría a un descanso bien merecido al lado de su familia en la presunta república independiente.

Durante esos años Gómez, como único sobreviviente de los máximos representantes de los ideales independentistas, se convirtió en objetivo de las campañas difamatorias y divisionistas de la administración estadounidense,  y de sus acólitos anexionistas, principalmente en el seno de la única institución que quedó del movimiento independentista, en la llamada Asamblea del Cerro.

El gran dominicano  llevó con integridad esos amargos días de su vida, y declinó la candidatura a la presidencia de la futura república, como sus partidarios le propusieron.

En junio de 1905, Máximo Gómez realizó un viaje a Santiago de Cuba acompañado de su familia para visitar a un hijo que residía en esa ciudad, pero el recorrido se convirtió en una gran demostración de cariño del pueblo de esa región hacia el bravo mambí, y de oposición a la campaña de reelección de Estrada Palma.

Durante ese itinerario fueron tantas las muestras de afecto y cariño del pueblo, hacia el último representante de los verdaderos ideales independentistas, que al recibir numerosos saludos su mano se infectó como causa de una pequeña herida,  y en pocos días le produjo una infección generalizada que resultaría fatal.

Fue trasladado en tren hacia La Habana, y durante el trayecto el pueblo le rindió impresionantes muestras de respeto ante su estado de salud.

En la tarde del 17 de junio de 1905, el Generalísimo entraba en una agonía final, por lo que se despidió de su esposa y sus hijos, y falleció.

A las tres de la tarde del martes 20 de junio, al toque de 21 cañonazos, sale el cortejo fúnebre desde el Palacio Presidencial con destino a la necrópolis de Colón, el féretro iba cubierto por las banderas cubanas y dominicanas.   Acude el Gobierno en pleno, altos oficiales del Ejército Libertador, las clases vivas… ¿Y el pueblo? Clemencia, su hija,  se percata que el cadáver permanece aislado de los sectores humildes y reclama su presencia, y pregunta airada: «¿Dónde está ese pueblo que liberó mi padre?». Es entonces que comienza el desfile de los desposeídos, interminable.

Fue el sepelio más grande que se haya visto en Cuba hasta ese momento. Veinte carruajes y dos largas hileras de personas se requieren para trasladar las ofrendas florales. Hay alteraciones del orden en Galiano y San Rafael y en Reina y Belascoaín porque la multitud insiste en llevar el féretro en hombros, por suerte, los ánimos se calman cuando José Cruz y Juan Barrena, los cornetas de siempre del General, tocan silencio y generala,  toques que tantas veces acompañó los combates en la manigua insurrecta.

Los generales mambises Bernabé Boza, Emilio Núñez, Pedro Díaz y Javier de la Vega sacan el ataúd del carruaje que lo condujo a la necrópolis y lo depositan en la fosa, no hubo despedida de duelo, cumpliendo su voluntad.

El viejo guerrero legó un extraordinario ejemplo al emplear sus últimas fuerzas vitales en una campaña popular de unidad contra el engendro de reelección del anexionista Estrada Palma.

Su figura constituye un símbolo  de la primera batalla del pueblo cubano y de los verdaderos patriotas contra los males de la seudo república.

 

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