Cuando Leoncio y Sara compraron aquella casa solitaria, junto con la finca donde pensaban echar profundas raíces, lo primero en lo que cayeron en cuenta fue lo lejos que estaría cualquier posible vecino.
Sin embargo, al día siguiente, en medio del ajetreo que supone arreglar la vivienda recién adquirida, recibieron la inesperada visita de una mujer a caballo, la que, ni corta ni perezosa, bajó de su cabalgadura y entró por la cocina como Pedro por su casa.
Pero no venía con las manos vacías: traía consigo, además de su pequeño hijo, una alforja llena de productos de la tierra, así como azúcar, sal y otros alimentos necesarios, al tiempo que se presentaba a sí misma y se ofrecía para lo que hiciera falta. Demás está decir que, tanto Leoncio como Sara se lo agradecieron mucho y, desde ese momento, esta mujer fue su primera amiga en la zona.
Como era costumbre en el campo, durante los días siguientes fueron arribando otros convecinos, algunos procedentes de varios kilómetros de distancia. Como era de suponer, se vieron precisados a corresponder dichas visitas y, meses después, ya formaban parte ineludible de esa especie de confraternidad campestre.
De esta forma se creaba una estimulante cadena de visitas en la que, casi siempre los domingos, una familia acudía a casa de otro, a veces almuerzo y comida incluidos, oportunidad exquisita para charlar, compartir criterios y socializar unos con otros. Por lo común, a la semana siguiente se invertían los términos para complacencia de todos.
Al correr de los años, con la premura que aportaron estos tiempos y las nuevas formas de vivir, las visitas entre vecinos, en tanto hecho cultural, fueron disminuyendo hasta casi desaparecer, aunque se mantiene, eso sí, la tradicional solidaridad que, tanto a los avileños como a los demás cubanos, les caracteriza.



