Cuando una muchacha en el batey cumplía los quince o aparecía un pretendiente, era costumbre que se le hiciera una serenata. A veces el padre se ponía farruco y echaba a cajas destempladas a los músicos, pero no siempre ocurría así.
También ocurría que en ciertos festejos tradicionales que se celebraban en la zona la serenata estuviera incluida, pero ya estas estaban planificadas y no sorprendían a nadie, al contrario, acudía mucho público y se divertían hasta la madrugada.
En cuanto a los pretendientes, fueron muchos, quienes en pago a su concierto, recibían un sorpresivo baño con un cubo de agua fría o el padre de la muchacha soltaba los perros y había que correr con rapidez y ponerse a salvo.
La víspera de los quince de Mimí alguien le avisó con anticipación para que no ocurrieran contratiempos, pues los músicos contratados procedían del pueblo y sería de muy mal gusto correrlos o hacerles una trastada.
Por suerte para Mimí, y para su pretendiente Miguelito, este último era hijo de un amigo del padre de la muchacha, amén de que al viejo no le parecía mal que precisamente ese chico cortejara a su hija. Por tanto, no hubo dificultades.
Siguiendo las normas, en casa de Mimí supuestamente todos se acostaron a dormir hasta que unos minutos antes de la medianoche, junto a la ventana del cuartico de la quinceañera se escucharon los acordes (más o menos afinados) de Las mañanitas, señal inequívoca del inicio del jolgorio.
Como he dicho en alguna otra parte, los guajiros de la zona se desvivian por la música mexicana, así que en pocos minutos los vecinos más cercanos se sumaron; en tanto otros, avisados a tiempo, fueron llegando poco a poco.
Tan pronto Mimí se asomó a la ventana -aunque estaba despierta, no era correcto dejarse ver desde el primer momento-, resonaron en el aire las felicitaciones y, hasta el enamorado, se animó a cantar una ranchera romántica, en tanto más de uno de los presentes se dejó llevar por la corriente y todos juntos improvisaron algunas décimas alegóricas, acompañados por los músicos forasteros, quienes alternaron los ritmos de uno u otro pais con mayor o menor elegancia, cosa que no molestó a los oyentes, dispuestos esa noche a pasarla bien.
Ni que decir tiene que, con dos o tres tragos de aguardiente entre pecho y espalda, el pretendiente pidió permiso al padre de Mimí para visitarla y, como no hubo oposición, la serenata concluyó en el comedor de la vivienda, donde los presentes brindaron por la futura novia quinceañera, al compás de los saladitos, los tragos dispensados por la casa y el consiguiente aplastamiento con los pies de las matas del jardín.



