martes, septiembre 14, 2021
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Ciego de Ávila

Tocar madera

Durante una reciente conversación en la casa de un amigo, alguien, que ponderaba su estado de salud y lo bien que se sentía últimamente, de repente golpeó con los nudillos la mesa del comedor, como conjurando la buena suerte.

El hecho, que parecería intrascendente, me hizo recordar que, desde mi más remota infancia, las personas que me rodeaban no podían sustraerse a la costumbre y, cada vez que se referían a un acontecimiento personal que bien podía revertirse en contra suya, golpeaba invariablemente cualquier objeto de madera, aunque fuera el palo de una escoba.

En el batey conocí personas que, tanto en sus hogares, como en las casas que visitaban, procuraban sentarse en un taburete, cerca de una mesa y, a falta de estos, a una pared. Alguno hubo que prefirió no sentarse si no tenía a mano un objeto de ese material porque, según opinión general, nunca se sabía cuándo habría necesidad de conjurar la mala suerte.

Incluso se contaban casos de individuos no creyentes que hacían burla y caso omiso de la tradición y, cuando menos lo esperaban, eran castigados por su poca fe. Hasta el tío Reinaldo, que se tenía por ateo y curado de todos los espantos, portaba encima siempre una cachimbita de palo para tocarla en caso de que lo precisara.

Por increíble que parezca, si uno preguntaba el por qué nadie se sustraía a tocar madera, quienes no sabían ni siquiera dónde estaban parados, respondían que hay cosas que no se preguntan, o que son así y punto, pero el tío Daniel y otros sabihondos de la comarca aseguraban que tal costumbre se inició en la época de Jesucristo, cuando todos querían palpar con sus manos la cruz en la cual el Nazareno fue crucificado.

Otros, por espíritu de contradicción, acotaban que ya en tiempos de griegos y romanos existía tal ritual, asociado al hecho de que los antiguos veneraban al mundo vegetal por cobijar a sus dioses dentro de sí, y porque era un material imprescindible para la existencia del ser humano.

Sea de un modo u otro, el caso es que poquísimos en el batey dejaban de tocar madera por si acaso, al tiempo que se justificaban a sí mismos al pensar que hacerlo les aportaba más bien que mal.

Solo el isleño Gastón se reía de lo que consideraba una superstición más. Por eso el día en que un rayo hizo pedazos el carretón en que iba sentado camino al pueblo, la gente pensó enseguida que estaba pagando su impiedad. Cuando los vecinos corrieron a recoger los restos calcinados del isleño, lo encontraron en pie, carajeando a los elementos, con el caballo muerto y la madera convertida en chamusqueadas astillas.

 

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