miércoles, septiembre 15, 2021
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Ciego de Ávila

Preferencias por el gordo de puerco

Los abuelos José y Juan eran devotos al gordo de puerco, ese que cuando nos sentamos a la mesa, nos guiña provocativamente los ojos como invitándonos a probarlo. Ese que hace que despreciemos cualquier otro manjar y nos concentremos, a lo Lezama, en degustar la blanca grasa que se derrite entre los labios y chorrea comisuras abajo para delicia del comensal.

Era cuestión de pundonor que, cuando ambos abuelos se hacían una visita recíproca, aparte de los tostones verdes, el humeante arroz blanco y la deshecha yuca señora ponga la mesa, en el centro del mantel no podían faltar masitas entreveradas, vueltas a freír, recién sacadas del latón de la manteca: hasta al más mesurado se le hacía agua la boca, aspiraba con éxtasis los olores del condumio y, de inmediato, todos cuantos estaban sentados para el ágape, atacaran carne y grasa al unísono, con un rostro de felicidad similar al de la gracia divina.

Previo a la matanza de sus cerdos, los abuelos se hacían traer de la venduta donde compraban, varias latas de cinco galones vacías  -de aquellas que los montunos llamaban “de aceite- carbón»-, en las que, tras freír las empellas, la carne y la grasa, echaban dentro de la manteca todo aquello para sacarlo luego con destino a los almuerzos criollos que tanto gustaban los comarcanos sin excepción.

Por si fuera poco, tanto los abuelos José y Juan, como el resto de los comensales allí presentes, solían añadir al congrí cucharones de manteca para verlo brillar y encontrarle mejor sabor, según era tradición. Con las manos relucientes por la grasa, los huesos mondos recogidos en una fuente (o lanzados a los ansiosos perros por cualquier ventana), degustado una dulcera con casquitos de toronja o guayaba, y bebido un humeante café recién colado, llegaba la hora de sentarse en el portal a conversar y a fumarse un tabaquito de la vega.

Actualmente, aunque cada vez menos, uno recuerda tales exquisiteces gastronómicas cuando pasa frente a cualquier casa de vecino y aspira, aún sin quererlo, el inconfundible olor de la manteca de puerco, presagio de un festín del que tanto gustaron nuestros abuelos y demás familiares de la época.

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