Desde pequeños nos forjamos el ideal de un héroe que identificamos con nuestro padre y, cuando a lo largo de los años nos formó y encaminó como es debido, no cabe duda que sabremos transmitir lo mejor a nuestros descendientes.
El mío, aunque presto a castigar travesuras inadecuadas y faltas de respeto, rezumaba amor a ojos vistas: se tornaba cómplice ante cualquier ingenuo pasatiempo infantil, y se le notaba compungido cuando me veía entristecido por uno u otro malestar cotidiano.
Era de los que dejaba el alma durante las madrugadas en los campos de caña para que yo pudiera tener un juguetico el Día de Reyes, aunque ese día en casa el almuerzo o la comida se escaparan silenciosamente por debajo de la mesa.
Pienso, también, en otros padres que un día marcharon al monte a combatir un gobierno malo al que no le importaba que los muchachitos anduvieran descalzos o que se acostaran sin comer. Pienso, además, en aquellos hijos que cada día se asomaban al camino para verlos regresar, hasta que andando el tiempo comprendían que no habría retorno.
Es más, satisface comprender a estos padres modernos que, aún a riesgo de sus vidas, dan el paso para ir a otros lugares del mundo a salvar enfermos contagiados por el coronavirus, y regresan sanos y salvos con el placer del deber cumplido y ansiosos de abrazar fuertemente a sus retoños, aunque por ahora eso no podrá ser, mientras haya peligro de pandemia.
Este año festejar a nuestros padres todavía puede ser un poco diferente por la contingencia sanitaria del momento, pero lo que sí no estará vedado será mirarlos a los ojos y susurrarles al oído: «Papito, te quiero mucho, y estoy orgulloso de tí».




