Quizás los jóvenes de hoy no comprendan cabalmente las dificultades y la odisea que otrora suponía concertar un noviazgo y, a veces, llegar al matrimonio, ceremonia esta última que tenía diversas facetas, según los recursos económicos y la clase social a la que se perteneciera.
Un joven y su amada podían gustarse y hasta enamorarse, pero antes de oficializar cualquier relación, había que derribar varias barreras. A quien primero el muchacho debía conquistar era a la suegra: si uno le caía bien, buena parte de la contienda estaba ganada.
Los padres de la muchacha se hacían los difíciles, cuando no inaccesibles. Se comenzaba por visitar la casa y, cuando el galán veía que tenía posibilidades, recurría a la suegra con vistas a concertar una cita con el viejo, quien, por derecho patriarcal, tenía la última palabra.
Aparte de los prejuicios y de los valores morales propios de la época, tanto aparataje por lo común era ficticio: muchos padres estaban ansiosos por casar a sus hijas, ante el miedo de que se quedaran para vestir santos, o que ocurriera alguna contingencia desagradable.
En el campo, cuando el pretendiente era demasiado joven, el progenitor solía correrlo sin miramientos o, en el mejor de los casos, le llenaba de tusas de maíz las infaltables alforjas, con el avieso mensaje de que las utilizara a su debido tiempo.
Pero si era aceptado, el novio debía atenerse a estrictas normas: visitas solo los jueves y domingos, de 2: 00 a 4:00 de la tarde, y nada de intimidades, la madre de la niña estaría presente todo el tiempo, para evitar estropicios y confiancitas.
A veces los noviazgos se extendían durante años por diferentes motivos, comúnmente a la espera de mejores tiempos que permitieran la confección del ajuar, que él consiguiera trabajo y que pudieran tener casa propia.
No era raro que las parejas envejecieran sentados en aquellos muebles llamados comadritas, o en sillones que, al cabo del tiempo paraban en manos del carpintero o iban a parar al cuarto de los trastos.
Las parejas pobres que lograban contraer nupcias se conformaban con acudir al juzgado del pueblo, acompañados por los familiares más cercanos y el fotógrafo contratado para que sacara una foto ampliada de los recién casados, amén de media docena de postalitas con las que se quedaban los más allegados.
Nada que ver con las bodas de la actualidad, en las que no pueden faltar el obligado vídeo y suficientes instantáneas en colores como para llenar el álbum que será mostrado con satisfacción y orgullo a parientes y amigos.
Lástima que, a menudo, el divorcio de la pareja se produzca antes de que el dichoso álbum haya pasado por todas las manos.



