Hasta los años 40 del siglo pasado y, quizás todavía un poquito más, en nuestra provincia era común ver a trovadores y buscavidas que deambulaban de pueblo en pueblo sin asentarse en ninguno jamás.
Eran hombres que, con un zurrón al hombro y guitarra en mano, llevaban una vida bohemia de la que muy pocos escapaban. Contaba mi padre que a nuestra campiña llegó un día uno de estos juglares, agotado de andurriar por los caminos y colmado de privaciones.
Aseguraba él que el caminante era un hombrecito de baja estatura, fumador empedernido y de abundante plática. Como en aquel batey no había abundancia de canturías y jolgorios, y sí mucho trabajo agrícola, el hombre decidió colgar en un horcón del rancho que le asignaron su sempiterna guitarra y pidió compartir las labores de mis tíos y otros jornaleros.
Mi padre tenía una hermana casadera entrada en años, muy fina y delicada, pero quisquillosa y cascarrabias de la que el pobre Trujillo – llamémoslo así- se prendó enseguida. Por las noches, pese al cansancio del día, chapeando monte o guataqueando cultivos, le dedicaba endechas y octosílabos para ganar su amor.
Sin embargo, el juglar tenía, además, su veta de Don Juan y, mi tía, que, al parecer no era indiferente a los requiebros del andante galán, un día se enteró que su pretendiente también le cantaba a otras campesinas de la zona y ahí mismo hizo concluir el idilio antes de nacer.
Por más que el poeta insistió, mi tía se encerró, a cal y canto, en una especie interior de fortaleza sitiada, hasta que el bohemio trovador desapareció un día sin dejar rastro.
A partir de ese acontecimiento, cuando en la comarca alguna moza despreciaba por un motivo u otro a un posible pretendiente, cualquiera que comentaba, con la propia muchacha o con otro vecino un suceso similar, sentenciaba a manera de refrán: «Y no digas luego que Trujillo no te cantó».



