lunes, septiembre 13, 2021
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Ciego de Ávila

Los viejos fogones hogareños

Me parece percibir todavía el inconfundible olor de la leña seca ardiendo a lo largo del viejo fogón que ocupaba gran parte de la inmensa cocina de la abuela María. Fogones que, a modo de figura tutelar de la casa permanecía encendido noche y día, como preservando el fuego renovador.

Durante la noche, cuando cesaban las actividades relacionadas con el condumio, la abuela cubría los rescoldos con ceniza para que, a la mañana siguiente, bastara con avivar el tizón y, en todo caso, agregarle algún leño nuevo.

Cuando en la madrugada el abuelo José se tiraba del lecho, lo primero que hacía era poner el jarro con el café, al tiempo que la abuela hervía la leche para los muchachos. Uno de estos, casi siempre mi papá y yo (después del traguito de café), nos dábamos a la tarea de moler el maíz en el molino Corona que, a dos pasos del fogón, escuchaba la conversación. En tanto la abuela servía la leche y preparaba aquel enorme caldero irrompible, nosotros pasábamos dos o tres veces la harina por el molino para que no quedara como royón, que también se molía, pero para los pollos chiquitos.

El encargado de que no faltara la leña era el tío Juan, quien traía la madera del monte, la ponía a secar al sol y luego la guardaba debajo de la barbacoa del granero, donde no se mojaría aunque se botara el río.

Apenas amanecido, la abuela ya tenía la harina en el fuego, la cual estaría toda la mañana borboteando, hasta que los hombres regresaban del campo. Como había suficiente espacio, en otras vasijas se salcochaban viandas y hasta se tostaba pan o galletas La paloma, traídos del pueblo.

El viejo fogón de leña era el máximo protagonista de la casa. Siempre estaba dispuesto para cualquier faena, tanto para hornear merenguitos sobre las brasas, como colar café a los vecinos que venían cada mediodía a conversar un poco y a beber el café de la abuela María.

Por otra parte, había lugar en él para calentar las planchas de hierro que la tía Úrsula utilizaría más tarde para planchar la ropa de la casa, incluso sábanas, fundas, calzoncillos, ajustadores y otras prendas tanto femeninas como masculinas.

El día en que se crecía por ser el centro de la reunión era cuando se casaba alguien de la casa, se celebraba un cumpleaños o, simplemente, se atendía una visita. Eran jornadas en que la madera trepidaba y las ollas hervían para agasajar a los invitados. Las mejores agujas de puerco, los más ricos potajes y el más sabroso arroz con pollo se cocinaron siempre en el viejo fogón.

Cuando las labores culinarias finalizaban, la abuela María o las muchachas acicalaban la ceniza y lo dejaban reluciente con una escobilla de paja de maíz para la mañana siguiente. 

Años después fue revestido con baldosas, pero, en esencia, siguió siendo el mismo. Hasta que, un día, con esos atisbos de modernidad que trajeron consigo las postrimerías del pasado siglo, el viejo fogón de leña y ceniza fue sustituido alevosamente por uno de quemadores y keroseno que era más rápido, sí, pero sin la prosapia del añejo antecesor.

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