domingo, septiembre 12, 2021
31.3 C
Ciego de Ávila

Los quince y otros cumpleaños

No obstante la falta de trabajo estable y las privaciones a las que se veía sometida la familia cubana del ayer (tanto de las áreas urbanas como de las rurales), los cumpleaños de los hijos, por tradición, se celebraban de una forma u otra.

En los hogares donde había muchos niños y mala situación, la fecha solo servía para recordar los malabares que los progenitores debían hacer para alimentarlos y vestirlos, pero donde el jefe del núcleo tenía cierta seguridad laboral, las madres y, hasta los mismos muchachos, acostumbraban a meter medios y pesetas en una vieja hucha o alcancía y así obligarse a apretar el cinto todavía más adelante privándose de golosinas, chucherías e, incluso, de cosas imprescindibles para el diario vivir.

Las más de las veces el agasajo alcanzaba solo para una piñata, una panetela y una muda de ropa nueva. Para las niñas la situación solía ser más difícil: sus hermanos varones con unos pantalones de bombacha, una marinerita o unos overoles de mezclilla, salían airosos de la prueba, pero las muchachitas, futuras mujeres al fin, querían lucir atractivas y bien miradas.

Lo más engorroso, sin embargo, resultaban los quince -los anhelados quince, como decía la propaganda comercial -: prácticamente desde que nacía una hija, el matrimonio comenzaba a estrujarse los bolsillos para contar con algún dinerito llegado el momento.

Aunque la pobreza era general, para quienes, en la época eran llamados de las clases bajas, existían diferencias. Muchas quinceañeras vieron pasar sin remedio su cumpleaños por debajo de la mesa; otras, a veces debían conformarse con una salida o excursión o, cuando más, con una comida diferente a la de la cotidianeidad.

No obstante, cuando el padre era empleado público, porque trabajaba en las oficinas del central o algo similar, la familia podía darse el lujo de mandarle hacer un vestidito nuevo, compraban un cake para la ocasión y concertaban con el fotógrafo del pueblo las infaltables instantáneas en blanco y negro. Demás está decir que a los cumpleaños asistían solamente invitados de status social semejante al del invitador, aunque, por supuesto, nunca faltaban los llamados «colados».

Cuando la fiesta era de más nivel y la agasajada tenía más ínfulas, los progenitores movían cielo y tierra para que la niña apareciera en las páginas de la crónica social, pero en el entorno en que nosotros nos movíamos eso no era frecuente.

Andando el tiempo los costos se incrementaron y muchas familias optaron entonces por regalarle a la hija una estancia en un lugar determinado en el que no tendrían que llenarle la barriga a nadie. Así y todo, y siguiendo modas extranjerizantes, tales festejos se fueron encareciendo y complejizando, al extremo de que, para no ser menos que los demás, los padres siguieron apretándose el cinturón porque a la nena había que celebrarle unos quince sonados.

De esta manera, vinieron las modas de las costosas fotos en colores, el consabido video, el vals y el montaje de la coreografía y, de paso, tirar la casa por la ventana con una fiesta como la que la madre en su momento nunca pudo tener, y ofrecer a toda una pléyade de invitados baile, comida y bebida para que, a la postre, esos mismos ahítos invitados salieran de la casa desbarrando de lo mal que lo habían pasado allí.

Artículos relacionados

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

Radio Surco en redes sociales

1,719FansMe gusta
2,127SeguidoresSeguir
135suscriptoresSuscribirte

Último publicado