Muchos de quienes hoy peinamos canas crecimos en un ambiente donde los moradores del lugar eran fanáticos a la cría de gallos de pelea: unos para venderlos cuando ya estuvieran listos para la lidia, otros porque vivían enamorados de tal crianza.
Había ilusos que también cifraban sus esperanzas de salir adelante en las patas del animal. En aquellos años de largos tiempos muertos y desempleo crónico, más de uno puso a su familia, por ese fatal vicio, a las puertas del hambre, cuando no dentro de la casa de esta.
Mi padre, que repudiaba tales gustos, en una ocasión se decidió a llevarnos a la valla de la zona, una construcción redonda o triangular, según el caso, forrada de madera y techada de guano y levantada en medio del monte, y en cuyo ruedo hacían sus apuestas galleros y público.
El ambiente que se respiraba allí no era el mejor, y cuando uno de los dueños descubría que su contrincante hacía trampas con las espuelas, solían armarse gordas refriegas con piñazos incluidos, que de inmediato se extendían como fichas de dominó desde los palcos más cercanos hasta el último rincón de la gradería. Algunos se lanzaban desde lo alto para escapar de la trifulca.
No era raro que alguien perdiera más de lo que apostaba, hasta la ropa, lo que significaba meses de privaciones para la familia involucrada.
La costumbre de pelear gallos, procedente de China y otros países asiáticos, fue introducida en Cuba por los españoles allá por el siglo XVIII, y en poco tiempo se hizo tradición. De vez en cuando, tanto durante la colonia como en la república, fueron prohibidos, pero no por eso dejaron de efectuarse, solo que en lugares intrincados monte adentro.
Hasta que llegó la Revolución, este tipo de «entretenimiento» formó parte de un patrimonio cultural nada apreciable del pueblo cubano que, como tradición al fin, resurge aquí o allá como negándose a desaparecer.



