Don Enrique fue uno de los más connotados despedidores de duelos del pueblo. En cierta ocasión alguien se le acercó para que pronunciara algunas palabras durante la ceremonia de inhumación de un ser querido. En un principio don Enrique dudó, primero porque nunca lo había hecho, y también porque no sabía las palabras correctas para momento tan crucial.
Sin embargo, se decidió. De inmediato preguntó a este o aquel detalles del fenecido, y durante la noche previa escribió un opúsculo laudatorio que causó sensación a la entrada del camposanto. Mientras citaba pasajes de la vida del muerto, algunas personas comentaron entre sí acerca de lo bien que hablaba aquel hombre.
A partir de ese momento don Enrique fue el encargado de despedir los duelos en la localidad, sin importar que se tratara de una persona de alto copete o de un simple barrendero o un cortador de caña.
Con el tiempo tuvo competidores. Desde individuos con cierta cultura hasta quienes apenas conocían el alfabeto, pero llamados, según todos ellos, a ese sublime magisterio de propiciar consuelo a los familiares y amigos que acudían al sepelio.
Hubo uno que todo lo resolvía recitando ditirambos del yaciente en el ataúd, no importaba que el tipo hubiera sido en vida un descarado. No recuerdo que este personaje haya tenido larga carrera, porque lo que decía casi nunca se correspondía con la verdad, amén de abusar de una verborrea que provocaba rechazo y los deseos de que terminara pronto, máxime cuando el sol picaba sobre las espaldas y los presentes ansiaban que el mal rato terminara de una vez.
Un día comprometieron al amigo Leodato, poeta por convicción y persona muy comedida, para que despidiera el duelo de un colega. Habló tan bien (y casi todo el tiempo en octosilabos), que desde ese momento ganó su propia corona de laurel por sus dotes oratorias, y la responsabilidad de decir las últimas palabras, sin caer en los incómodos panegíricos de sus antecesores.
Como los tiempos cambian y la humanidad comenzó a vivir con más prisa, la gente optó por la brevedad y aquellos discursos laudatorios de antaño se volvieron de mal gusto. Sobrevivieron, eso sí, ciertas expresiones fraternales, como brindar con el cofrade fallecido una copita de ron antes de trasponer las puertas del más allá.
Todavía mas reciente, quizás por carecer de facilidad de palabras o porque consideran anticuado tal florilegio verbal, hemos conocido casos de deudos que asumen la responsabilidad que antaño estuvieron en manos de don Enrique y sus seguidores, y simplemente agradecen a los presentes haber acompañado al finiquitado hasta su última morada.



