martes, agosto 17, 2021
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Ciego de Ávila

La costurera del batey (+Fotos)

Crecida bajo el influjo de la prima Isolina, Clotildita desde pequeña manifestó inclinaciones por las diversas manifestaciones del corte y costura. Cuando otras niñas se iban a jugar a las casitas debajo de la mata de ateje del patio comunal, ella prefería quedarse junto a la tía Hildelisa y su máquina de coser Singer.

Algunas veces la ayudaba a recortar retacitos de tela, a escoger los carretes de hilo a utilizar, o si no se entretenía en hojear Vanidades, Ellas, Romances, La familia y otras revistas de modas y modelos, infaltables en el cesto de la costura de la tía.

La tía Hildelisa fue una costurera empírica que, por su persistencia y poder de observación, logró coser primero para el entorno hogareño y después para una clientela nada despreciable que, sin embargo, se quejaba constantemente del tiempo empleado para confeccionar vestidos, ajustadores y ropa de hombre.

Desde luego, en esa demora influía la gran cantidad de encargos aceptados por ella y las horas dedicadas a las labores domésticas, que no eran pocas.

Cuando Clotildita tuvo edad suficiente, la prima Isolina la incluyó entre sus alumnas especiales, de las que no pagaban las clases por ser de la familia. Todos los mediodías, cubriéndose del sol con una sombrillita cedida por la abuela María, Clotildita era de las primeras en llegar y, mientras esperaban a las demás aprendices, hilvanaba costuras pendientes o se metía de lleno en el estudio del método científico moderno, impartido por la prima.

Sin embargo, ejercitarse y dominar la vieja máquina Singer de la casa era su propósito más inmediato. De hecho manejaba bastante bien los pedales y el brazo de la máquina no le guardaba secretos. Para practicar en casa remendaba camisas y pantalones de papá y los hermanos, con lo que alargaba la vida de esas prendas, corcosidas ya hasta el infinito.

Con el correr del tiempo Clotildita fue una de las más cotizadas costureras del batey, tuvo la suerte que Cándida, la pichona de isleña del caserío inmediato, la enseñó a bordar y hacer canevá, en tanto la tía Justina la introdujo en el maravilloso mundo artesanal del tejido a dos agujetas.

En una época en que las telas se compraban por varas o por yardas, por sus manos pasaron metros y metros de variedades que iban desde el algodón, el lienzo y el hilo, hasta el socorrido poplín, la seda fría, el organdí y el raso o satín, en dependencia de las posibilidades económicas de la clientela.

Como los tiempos se modernizan implacablemente, hacia los años 60 Clotildita decidió estudiar nuevas metodologías como el Roche o el Ana Betancourt, con los cuales amplió conocimientos en las técnicas de la costura, aunque, agotada por las largas jornadas sentada a la máquina hasta altas horas de la madrugada, poco a poco fue cediendo su lugar a su hija Carmencita, ducha ya en esas lides y rara avis en la contemporaneidad, en que las personas prefieren comprar la ropa hecha de fábrica y donde zurcir y coser resulta una herejía.

Las máquinas de coser Singer estuvieron entre las más utilizadas por las costureras cubanas

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