El primo Lucrecio, aparte de su mitomanía congénita, tuvo también su corazoncito en medio del pecho y un espíritu romántico para soñar con niñas ingrávidas y ensoñadoras, como la pequeña Cocó, recién llegada con su abuelo Papito desde la vega espirituana a asentarse entre la montunada de la comarca.
El pobre Lucrecio, al ver aquel lirio de ciudad enclaustrado en la agreste campiña donde todos vivíamos, perdió la cabeza por completo con solo verla, y ya no tuvo ojos más que para ella. Ambos eran jóvenes y él pensó que no encontraría mujer más bella ni dotada de perfecciones que la cándida Cocó, por lo que la pasión lo devoraba vivo.
Aprovechaba que la madre era, al mismo tiempo, su madrina de bautizo, excelente pretexto para acercarse a ella todos los días, bajo la añagaza de que venía a pedirle la bendición. Ella lo trataba, sí, pero como a cualquiera de la comarca, y hasta se reía en secreto de las simplezas que él soltaba inconscientemente, y aún más, de las mentiras que decía a cada paso.
Una mañana todos lo vieron abrir con el hacha un extenso claro en el monte de granadillos de la finca de su mamá, a la altura de las escaleras de palo que salvaban la piña de ratón, junto al camino que conducía a casa de los carniceros Cheíto y José. En pocos días cortó horcones, parales, soleras, varas y cumbreras, todo del bosque materno y se aplicó a construir un bohío que, según él, sería la envidia del batey y de la comarca entera, adonde traería a vivir a su bella Galatea.
Él mismo entabló la casa, se hizo ayudar para la cobija, pero por un motivo u otro nunca la daba por terminada. A todo esto, la hermosa Cocó no supo nunca nada del platónico amor que su fervoroso enamorado le tenía: tan ducho a la hora de soltar un embuste, no se atrevió jamás a declarársele, tan solo rumiaba a solas sus deliquios amorosos.
No es de extrañar, entonces, que a Lucrecio el cielo se le cayera encima, con la consiguiente ruptura de su corazón, la tarde en que alguien le contó, como sin querer, que Cocó había iniciado noviazgo -con vislumbres de boda y todo- con el gordo Demetrio, un petimetre del batey contiguo que no las pensaba dos veces para declararse a cualquier muchacha.



